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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 112

Noah sentía que algo no cuadraba del todo, pero antes de poder decir una palabra más, el carro ya se había perdido entre el polvo del camino.

Volteó una vez más hacia el club, con el corazón en la garganta. Necesitó unos cuantos minutos para armarse de valor antes de regresar.

Por suerte, Florencia seguía ahí. Seguía sentada en el mismo sofá de cuero, sin haber cambiado ni un poco su postura.

Al verla, fue Florencia quien rompió el silencio:

—¿Ya se fue?

—Señora, no piense mal. El señor Fuentes sí la tiene presente en su corazón, solo que...

—No hace falta que lo defiendas, Noah. Ya me acostumbré. Ya no caeré en sus juegos —dijo Florencia.

Su voz sonó tan tranquila, tan plana, pero en el pecho de Noah, sus palabras retumbaban como una tormenta. Tenía la sensación de que esto iba a terminar peor de lo pensado.

No importaba lo que Salvador pensara, a final de cuentas, Florencia era alguien por quien él había luchado para volver a tener a su lado.

Pero ahora...

Noah quiso decir algo más en defensa de Salvador, pero su mirada se detuvo de pronto en el tobillo de Florencia, que sangraba, tiñendo de rojo la media blanca.

—¡Señora, está herida! Déjeme llevarla al hospital.

—No, quiero caminar sola un rato —respondió Florencia.

No necesitaba lástima. Y menos de parte de alguien del círculo de Salvador.

Era pleno verano, el sol del mediodía caía tan fuerte que ni se podía mantener los ojos abiertos. Las calles, vacías, parecían derretirse bajo el calor.

Ese calor era tan sofocante que parecía que si caía una lágrima, se evaporaría antes de tocar el suelo, sin dejar rastro. Perfecto para llorar sin que nadie lo note, pensó Florencia.

Pero ya no pensaba llorar. No por Salvador. No iba a derramar ni una lágrima más por él.

Había tenido suficiente.

Florencia caminaba con la mirada perdida, pasando otra vez frente a la pastelería de la noche anterior. Los pasteles del aparador seguían igual de bonitos. Florencia entró sin dudarlo.

Pidió un pedazo de pastel. No era rosado, ni tenía forma de corazón, ni decoraciones de azúcar. Solo un simple pastel de chocolate.

Se sentó sola en una mesa y se lo fue comiendo a su propio ritmo, sin prisa.

Noah, afuera, la miraba desde detrás de la puerta de cristal, inquieto por la expresión inusualmente serena de Florencia.

Sin pensarlo, sacó su celular, le tomó una foto y se la envió a Salvador.

Esperó un rato, vio a Florencia salir de la pastelería, pero no hubo respuesta de Salvador.

No le quedó otra que seguir a Florencia en silencio.

Esta vez, Florencia se dirigió a la casa de los Villar.

Por suerte la señora no entró a la casa de los Villar.

Si no, ni cómo explicarle a Salvador.

...

Mientras tanto, en la suite del hotel, Martina ya se había cambiado de ropa limpia y salía del baño.

Vio a Salvador sentado en el sofá, con el ceño fruncido y la mirada perdida. Iba a decir algo, pero Salvador se le adelantó:

—Hoy Flor se pasó un poco. Yo te pido disculpas por ella. Aquí tienes un millón de pesos, tómalo y no regreses a trabajar al club.

—Si hay algo más que te moleste de todo esto, dime a mí. No busques a Florencia para reclamarle.

La pequeña sonrisa que comenzaba a formarse en los labios de Martina se congeló de inmediato con esas palabras.

¿Después de lo que Florencia le había hecho, Salvador la había traído solo para disculparse a nombre de Florencia?

Martina se clavó las uñas en la palma, esforzándose por no perder la compostura. Le respondió titubeante:

—Señor Fuentes, no se preocupe. Mi hermana siempre ha sido así, ya estoy acostumbrada. No le guardo rencor. Solo espero que ya no me busque más problemas.

—No lo hará —replicó Salvador—. Si no tienes nada más que decir, me retiro.

—¡Espere! Señor Fuentes, esos cuatrocientos millones... Mi papá de verdad no puede reunir esa cantidad. Ahora me está echando toda la culpa, yo ya no sé qué hacer. ¿Podría ayudarme, por favor?

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