—Ya lo sé, estos años, señor Fuentes, usted me ha ayudado bastante. Ahora que es parte de la vida de mi hermana, la verdad no debería seguir pidiéndole más.
—Pero, si no estuviera realmente acorralada, ¿usted cree que vendría a suplicarle? Señor Fuentes, usted lo sabe, yo, Martina, también tengo orgullo.
—Hoy, después de la humillación que me hizo mi hermana en el club, yo...
Martina se quedó esperando la respuesta de Salvador. Pasaron varios segundos sin que él dijera nada. Entonces, ella se acercó, con los ojos rojos de tanto llorar, mirándolo de frente.
Se había parado justo en la puerta del cuarto de hotel, bloqueando la salida de Salvador.
—Lo que Florencia te hizo, ya lo compensé de mi parte. También aceptaste ese millón, así que lo del club debería quedar en el pasado.
—Martina, no uses esto para chantajearme.
—En cuanto a esos cuatrocientos millones, ese es un tema entre Florencia y Facundo. Yo no voy a decidir por ella —le soltó Salvador, sin rodeos.
Por más que Florencia se hubiera pasado de la raya, era su esposa, la persona que él había elegido, y, como tal, tenía la obligación de protegerla ante los demás.
Todo lo demás le pertenecía solo a su relación con ella, no iba a ponerse a discutir los defectos de su propia esposa con nadie más.
La mirada de Martina se oscureció un poco, sorprendida de que Salvador, quien en el club se había mostrado tan distante con Florencia, en privado la defendiera sin titubear.
—Pero, mi papá ya me dejó toda la deuda encima, señor Fuentes. Usted antes me prometió que me cuidaría, ¿ya no valen esas palabras?
—Estoy aquí, suplicándole, señor Fuentes...
—Tú misma lo dijiste, esa deuda te la cargó tu papá. Es asunto de tu familia, no tengo por qué meterme. Hazte a un lado —le contestó Salvador, tajante.
Martina, un poco aturdida, apenas se movió para dejarle pasar. Lo miró mientras él abría la puerta. Justo cuando el umbral iba a separarlos, ella se apresuró a decir:
—¡Espere, señor Fuentes!
—¿Qué más quieres? —preguntó Salvador, impaciente.
Martina corrió hacia su bolso, buscó unos segundos y regresó con algo en la mano.
—Ayer, usted tomó de más y olvidó su celular.
El portazo resonó fuerte. Martina se quedó pegada a la puerta, escuchando todavía el eco del "gracias" de Salvador.
Recargada en la madera, sus ojos se oscurecieron aún más. Encendió el celular y, en la pantalla, se repetía en bucle un video.
Era la sala de música de Jardines de Esmeralda. Florencia, con su piyama suelta y la espalda tan recta como una reina, tocaba el piano con una elegancia que la hacía parecer una princesa.
La melodía llenaba el cuarto, suave y clara, repitiéndose una y otra vez en los oídos de Martina.
Su expresión se tornó cada vez más sombría. Miraba a Florencia en la pantalla como si pudiera atravesarla con la mirada. La envidia la ahogaba.
Ese video lo había encontrado anoche en el celular de Salvador.
Un hombre que solo tenía asuntos de trabajo en su celular, y de pronto aparecía un video de una mujer... No hacía falta explicaciones.
Ni él mismo se daba cuenta de que Florencia ya ocupaba un lugar en su corazón.
¿Pero cómo podía ser?
Ellos dos habían crecido en la sombra, escalando juntos desde abajo. Ambos eran hijos no reconocidos, condenados a esconderse. ¿Y ahora que Salvador tenía poder, iba a dejarla atrás como si nada?

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