Salvador seguía sin soportar que Florencia tuviera la costumbre de mencionar el divorcio cada vez que podía. Sin decir una palabra más, dio media vuelta y se fue de la habitación.
Florencia hizo una mueca, como si ese desenlace fuera lo más normal del mundo.
Durante los días siguientes, entre Salvador y Florencia se estableció una especie de equilibrio extraño, casi absurdo.
Salvador continuaba regresando a casa todos los días para cenar y dormir, incluso más puntual que en los mejores momentos de su relación con Florencia.
Si no fuera porque ella ya sabía desde aquel día que él seguía enredado con Martina, Florencia hasta habría sospechado que Salvador quería demostrarle algo con tanta puntualidad.
Bajo el mismo techo, ninguno de los dos decía nada. La terquedad los mantenía en silencio.
Hasta Emilia, que no solía meterse en los asuntos de los señores, notó que el ambiente en la casa se había vuelto insoportable de raro.
El giro inesperado llegó cuatro días después.
Aquella noche, Salvador volvió acompañado de Noah. Al entrar, Noah saludó cortésmente a Florencia:
—Señora, mañana por la noche el Grupo Omega tiene un evento importante. Le agradeceríamos que usted y el señor Fuentes nos acompañaran.
Mientras Noah hablaba, Salvador se mantuvo a su lado, observando a Florencia desde arriba, con esa mirada que podía atravesar a cualquiera.
En cuanto sus miradas se cruzaron, Salvador habló por fin, aunque la voz le salió seca y forzada:
—El vestido ya está listo. Mañana Noah te lo trae personalmente.
—¿Y quién dijo que yo voy a ir? —Florencia lo miró con extrañeza, como si no entendiera nada.
En esos días ni siquiera intercambiaban palabras, y ahora de pronto le salían con que tenía que ir a una cena. ¿Por qué Salvador pensaba que con solo pedirlo, ella aceptaría?
—Bueno… señora, usted sabe que la colaboración con el Grupo Omega es fundamental para nosotros. Además, el señor Fuentes no puede ir sin acompañante, ¿verdad? Le agradeceríamos que nos hiciera el favor de asistir —insistió Noah.
Mientras decía esto, Noah sentía que las manos le sudaban. Salvador había estado de malas toda la semana, y el ambiente en la oficina era tan pesado que nadie se atrevía a decir nada. Aunque los demás no sabían el motivo, él sí tenía una idea: los jefes seguían peleados.
Claro que estos eran asuntos privados, y Noah no se atrevía a meterse ni a opinar. Pero justo antes de terminar el día, Salvador le pidió que fuera a casa para hablarle a su esposa del evento.
Noah no entendía por qué Salvador no era capaz de decirlo de frente; parecía que quería invitarla, pero se negaba a hacerlo él mismo, obligándolo a él a estar de mensajero.
Y si solo se tratara de pasar el recado, todavía. Pero Noah hasta le puso las cosas fáciles al jefe, y ni así Salvador cedía.
Teniendo que pedirle el favor, Salvador seguía tan orgulloso como siempre. Que Florencia aceptara ir sería un milagro.
En su cabeza, Noah se quejaba: antes pensaba que Florencia era complicada y poco razonable, pero ahora se daba cuenta de que los dos eran igual de tercos.
Mientras Noah seguía con sus pensamientos, Florencia soltó una risa llena de ironía:
Florencia, al verlo huir, en el fondo hasta sintió lástima por él. No tenía por qué hacerle la vida difícil a Noah. Así que, sin darle importancia, dijo:
—Mañana no tienes que traer nada, mejor dáselo a Martina. Yo no pienso meterme en sus asuntos.
Ese desdén, ese modo de ignorar por completo a Salvador, lo sacaba aún más de quicio.
Sin pensarlo mucho, Salvador se acercó a ella, le quitó los cubiertos de la mano y apoyó firmemente las palmas sobre la mesa, mirándola de frente:
—Como señora Fuentes, ¿qué problema hay en acompañar a tu marido a un evento social? Si ocupas ese lugar, debes cumplir con tus obligaciones.
El tono de Salvador era tan duro como el acero.
Parecía que estaba hablando con un colega y no con su esposa.
Florencia rio por lo bajo:
—¿Ahora sí hay que cumplir con las obligaciones? Qué curioso, porque recuerdo que no hace mucho me pediste que me quedara en casa, que viviera tranquila y sin salir. Salvador, ¿tú mismo no ves que eres contradictorio?
Tomó otro juego de cubiertos y se puso a comer, ignorándolo por completo, como si Salvador fuera invisible.
Para Salvador, su “señora Fuentes” no era más que un adorno en su vida.

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