La última vez, aquella noche de caridad fue la primera vez que Florencia asistió a un evento como la señora Fuentes. Todo terminó siendo un desastre, y ni el proceso ni el resultado se salvaron. Por eso, esta vez, la supuesta fiesta no le despertaba ni el más mínimo interés.
Hasta sentía que era una lástima.
Salvador llevaba días enojado con ella, ¿por qué no podía quedarse así para siempre?
¿Para qué regresar, para qué buscarla de nuevo?
Mejor que no se hablaran jamás, sería mucho más sencillo y le evitaría tantos dolores de cabeza.
Salvador, sin que Florencia supiera por qué, tampoco decía nada ni se movía. Su sombra cubría la cabeza de Florencia, tan grande, tan pesada, que era imposible ignorar su presencia.
—Ya déjate de discursos bonitos, Salvador, no me interesa escucharlos. Eso de invitarme a la fiesta no será para que vea cómo tú y Martina se visten igual otra vez, ¿verdad? —le soltó Florencia, con la mirada llena de ironía.
—Florencia, esta vez no te lo estoy pidiendo, tienes que ir —respondió Salvador, y aunque ella lo miraba con burla, su voz se volvió más tranquila, como si nada lo alterara.
Florencia estuvo a punto de preguntarle de dónde sacaba tanta seguridad, cuando él añadió:
—Facundo planea llevar a tu mamá.
—¿Qué dijiste? —Florencia dudó de lo que acababa de oír. ¿O sería que Facundo se había vuelto loco?
Juliana no estaba bien de la cabeza, ¿cómo iba a llevarla a una fiesta como esa?
Salvador continuó, con la misma calma:
—El Grupo Villar la está pasando mal últimamente. Tu papá está desesperado por conseguir inversión, pero los socios anteriores de la familia Castillo ya no confían en él. Además, tu mamá lleva ocho años sin aparecer en público.
Florencia lo entendió de inmediato.
Ocho años sin dar la cara… Por mucho que Facundo vendiera la imagen de esposo amoroso, ya era imposible no levantar sospechas.
Por sí solo, conseguir nuevos socios era complicado; tenía que apoyarse en las viejas relaciones de su suegro.
Así que, claramente, quería exprimir hasta la última gota de valor de Juliana.
Florencia se quedó atónita, clavada en su sitio, sin moverse por un largo rato.
En el fondo, ella sabía que Juliana y Facundo estaban en una dinámica de victimario y víctima, y que ambos lo permitían.
Aunque corriera a intervenir, Juliana no necesariamente se lo agradecería.
Pero, aun así, era su madre. Florencia, ahora que lo sabía, no podía quedarse de brazos cruzados.
Salvador arrimó una silla y se sentó junto a ella.

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