Cuando el carro por fin entró a Jardines de Esmeralda, ya era la una de la madrugada. El horizonte apenas mostraba un leve tono claro, anunciando el inicio de un nuevo día.
Desde que Florencia quedó embarazada, el sueño se le pegaba con facilidad. Apenas subió al carro, se dejó llevar por el cansancio y se quedó dormida, acurrucada junto a la ventana.
Salvador la cargó en brazos al bajar del carro. Fue hasta que sintió el movimiento que Florencia abrió los ojos, aún adormilada, y se frotó los párpados con torpeza.
—Bájame, Salvador —murmuró, con la voz ronca de sueño.
A Salvador le sorprendía ver así a su esposa, tan habitualmente distante y altiva, mostrando un lado tan despistado. Ese momento lo hizo sonreír y, en lugar de soltarla, la apretó contra su pecho.
—¿Para qué quieres bajarte? Déjame llevarte yo, ¿no está mejor así?
Florencia estaba demasiado cansada para discutir por detalles tan triviales, así que lo dejó hacer.
Después de bañarse, Florencia salió envuelta en una bata. Salvador, aprovechando la ocasión, se metió también al baño, conectó el secador y la ayudó a secarse el cabello.
El espejo, cubierto de gotas, apenas reflejaba dos siluetas borrosas. Todo estaba en silencio, tan callado que Florencia se acordó de la conversación incómoda sobre aquel pastel. Un rubor de vergüenza le cruzó por los ojos.
Estaba por decir algo cuando Salvador se inclinó y, con voz apenas audible, le susurró mientras le besaba la cabeza:
—Flor, ya llevamos bastante tiempo casados… ¿no crees que ya deberíamos pensar en tener un hijo?
Antes de que ella pudiera responder, Salvador la tomó de la cintura y la sentó sobre el lavabo.
El beso que siguió fue ardiente, casi arrollador.
Cuando Florencia pudo reaccionar, sentía la espalda pegada al espejo frío. Salvador la besaba sin tregua, atrapándola entre su cuerpo y el cristal.
Le sujetó las manos por encima de la cabeza, presionándolas contra el espejo, y el frío le recorrió todo el cuerpo, haciéndola estremecerse.
El secador seguía encendido en una esquina, soplando ruidosamente. En ese ambiente, Florencia se sintió desfallecer, con las lágrimas asomando por las comisuras de los ojos.
Intentó zafarse, buscando escapar de ese ambiente inquietante, pero cada movimiento suyo sólo servía para que Salvador la retuviera más fuerte.
—Estate quieta, Flor, no te muevas —le advirtió, con la voz ronca.
—Salvador, suéltame, no quiero esto —alcanzó a decir, cuando por fin pudo mover los labios.
Sus ojos, enrojecidos por el llanto, mantenían una expresión tan distante, tan helada, que Salvador sintió que cada palabra suya era como una daga.
Por un instante, el desaliento cruzó su cara, pero no soltó su agarre en la cintura de Florencia. Buscó convencerla:
—Flor, llevamos más de un año de casados. Ya tiene mucho que no estamos juntos como pareja, tú…
—¿Y eso no es normal? —lo interrumpió ella, con una voz cargada de sarcasmo—. Salvador, ¿acaso se te olvida cuánto tiempo tardas en volver a casa? Si a esas vamos, deberías estar acostumbrado a no querer nada de esto.
Florencia lo apartó de un empujón. Por dentro, sintió una punzada de culpa por haberlo juzgado mal, pero esa pizca de remordimiento no era suficiente para borrar todo el daño ni para volver a confiar.

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