Florencia y Salvador discutieron durante un buen rato, pero, como era de esperarse, no llegaron a ningún acuerdo.
Para Salvador, cuando Florencia hablaba de divorcio, solo estaba haciendo un berrinche más. Incluso le advirtió, sin rodeos:
—Florencia, ya estuvo bueno de tanto capricho. No tengo tiempo para seguirte el juego. Si quieres algo, mejor dilo de una vez.
Pero Florencia solo tenía un deseo: quería divorciarse, y se lo había dejado claro. El problema era que Salvador simplemente no le creía.
Como ninguno cedía, Florencia terminó soltándole a Salvador las mismas palabras duras que antes había reservado para Martina.
Y al día siguiente, Emilia le avisó que Salvador había dado la orden de no dejarla salir de la casa.
A Florencia casi le dio risa de la frustración. Vaya solución tan radical para evitar líos.
Marcó varias veces el número de Salvador, pero él no contestó ninguna llamada.
Salvador salía de la casa muy temprano. Cuando Florencia despertó, ya no lo vio; solo encontró un vaso de leche fría sobre la mesita de noche, quién sabe hace cuánto lo había dejado ahí.
Florencia, como de costumbre, fue y tiró la leche en el baño.
Por la tarde, llegó Noah —el asistente de Salvador— acompañado de varias personas que traían una montaña de ropa de temporada, además de algunos vestidos nuevos. Así, el clóset que Florencia había vaciado se volvió a llenar en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando el grupo de la tienda se retiró, Noah le entregó una tarjeta negra.
—Señora, esto es de parte del señor Fuentes. Él dice que, si se aburre estando en casa, puede comprar lo que quiera en línea.
—¿Qué significa esto? ¿De verdad no piensa dejarme salir? —preguntó Florencia, con un tono helado.
Antes solo le había restregado a Martina en la cara para hacerla sentir menos, ahora Salvador quería privarla de su libertad.
Noah respondió sin parpadear:
—Sobre eso no dijo nada, pero sí me pidió que le recordara que no use el nombre de señora Fuentes para meterse con Martina. El señor también dijo que lo que pasa entre ustedes no tiene nada que ver con Martina, y le pide que no meta a personas inocentes en sus problemas.
Noah lo decía con una voz tan plana, tan carente de emoción, que parecía un robot repitiendo instrucciones.
Florencia sintió un nudo en el pecho.
—Entonces, ¿al final todo es por Martina?
—Si así lo quiere ver, no está equivocada —contestó Noah—. Martina es dedicada y hace todo por la empresa. No debería usar su posición para ponérselo difícil.
Florencia se acomodó en el sofá y, con calma, se sirvió un vaso de jugo. Sus ojos, casi burlones, no se apartaron de Noah.
—¿De verdad hacen tanto por Martina solo porque es buena trabajadora?
Florencia conocía a Martina mejor que nadie. Eso de “profesional ejemplar” era solo fachada.
Había visto a Salvador desvelarse una y otra vez, resolviendo los desastres que Martina provocaba.
Noah no contestó. Salió dando un portazo.
Al escuchar el golpe de la puerta, Florencia se quedó mirando al vacío, como si el sonido la hubiera sacudido.
En ese momento, Emilia se le acercó.
—Señora, deje de pelear con el señor. Al final, él sí se preocupa por usted. Mire, ayer se dio cuenta de que el clóset estaba vacío y hoy ya mandó traerle ropa. No tiene por qué…
—¿Tú también crees que estoy exagerando? —le interrumpió Florencia.
Emilia dudó, pero terminó asintiendo con la cabeza.
—El señor nunca deja que le falte nada, cada vez que viaja le trae joyas, cada temporada le manda ropa nueva, hasta le calienta la leche en persona cuando está en casa. Muchas desearían vivir así, señora. No entiendo por qué quiere dejar todo esto.
Florencia también se lo preguntaba.
Para todos, Salvador era el esposo perfecto. Parecía que el mundo entero pensaba que ella era la del problema.
Se cubrió el pecho con la mano y, sin querer, se le dibujó una mueca amarga en los labios.
Aunque el infiel había sido Salvador, ella era la que cargaba con la culpa de destruir ese matrimonio.
Miró la cara de desaprobación de Emilia y supo que, aunque les contara que Salvador y Martina tenían algo, nadie le creería. La tacharían de loca sin dudarlo.

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