El semblante de Oliver cambió apenas un poco, y le echó a Noah una mirada cargada de reproche.
—Noah, ¿me estás jugando chueco?
—Señor Oliver, no es lo que piensa. La verdad, con los asuntos entre usted y el señor Fuentes yo no puedo hacer mucho. Solo me quedó pedirle al abuelo que interviniera —replicó Noah, haciendo un gesto con la mano hacia la puerta—. Pase, por favor, señor Oliver.
Todo sucedió tan de repente que a Florencia no le quedó más remedio que regresar también a la casa familiar.
El abuelo ya estaba sentado en el sofá, firme como una roca.
Oliver había llegado primero y permanecía de pie, justo frente a él.
Álvaro también estaba ahí. Mientras rogaba clemencia para Oliver, no perdía la oportunidad de menospreciar a Salvador.
Florencia y Salvador entraron justo a tiempo para escuchar a Álvaro decir:
—Papá, Oliver tampoco se equivoca. Ese Salvador está loco, es salvaje, parece perro sin dueño. Ya lo tenía que decir: poner el Grupo Fuentes en manos de alguien que no respeta a nadie es como prenderle fuego a la casa. Hoy, delante de todos, se atrevió a golpear a su hermano mayor, ¿quién sabe qué más locuras va a hacer después?
—¿Yo soy el perro? ¿Y tú qué eres? ¿Un perro viejo que ya ni puede ladrar? —Salvador lanzó la respuesta con toda la calma, pero sus palabras relampaguearon y quedó mirando desafiante a Álvaro.
El abuelo se alteró tanto que los hombros le temblaban. El bastón golpeaba el suelo —pum, pum— dejando claro su enojo.
—¡Ya basta! Nada de perros ni tonterías, todos aquí son familia. ¿Por qué apenas se ven y ya están a punto de agarrarse a golpes? ¿Qué quieren, dividir la familia? Álvaro, tú deberías poner el ejemplo, pero ni uno de tus hijos te hace caso. ¿Quién te crees para andar opinando?
Álvaro se llevó la regañada y, con la cara colorada, se quedó callado.
El abuelo volvió la mirada hacia sus dos nietos.
—A ver, explíquenme, ¿por qué se estaban peleando afuera? ¿Ni las apariencias saben guardar? ¿Ya ni esperan a llegar a casa para arreglar sus broncas? ¿Qué necesidad de andar dando espectáculo para que los demás se rían?
Ni Oliver ni Salvador se quedaban cortos con sus palabras, pero el abuelo, cuando quería, también sabía herir como nadie.
Salvador soltó:
—Mi hermano fue al ginecólogo, así que como hermano menor, quise preocuparme por él. Pero en lugar de agradecérmelo, me respondió con groserías.

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