En el salón de fiestas, las voces bajas y los murmullos se mezclaban por todos lados.
Casi todas las miradas se posaron sobre Rafael, ansiosos por descubrir en qué consistía ese gran regalo que Ángel prometía entregar a la familia Guzmán con tanta seguridad.
De pronto, el sonido del piano llenó el ambiente. Al principio, las notas salieron desordenadas, como buscando su lugar, pero enseguida la melodía se tornó suave y cargada de tensión.
Al escuchar esos acordes, Florencia apretó los labios con fuerza. Sus dedos se hundieron en el sofá, marcando el tapiz hasta que los nudillos palidecieron.
Su cara se volvió casi traslúcida.
No era cualquier pieza la que sonaba. Era justamente esa, la que la había marcado con la etiqueta de copiona: Espina. Ahora, en manos de Rafael, llevaba por nombre Dolor.
Thiago también reconoció la canción enseguida. Se acercó a paso firme hasta Rafael y, sin dudar, lo apartó del piano de un tirón.
La música se cortó de golpe.
Docenas de ojos curiosos se volvieron hacia Thiago.
Sin soltar a Rafael, Thiago miró a Ángel.
—Señor Palma, ¿acaso vino hoy a la familia Guzmán solo para buscar bronca?
—Ay, Simón, mira nada más lo que está diciendo tu hijo. ¿A poco no vine de buena fe a celebrar con ustedes? ¿Cómo que ahora resulta que vine a provocar?
¿Nomás por la canción?
¿Solo porque su gente en el Grupo Guzmán copió la pieza de Rafael, ahora no quieren dejar que Rafael toque su propia obra? Simón, si así fueran las cosas, la familia Guzmán sí que es mandona —replicó Ángel, con una sonrisa ladina.
—¡A la fregada con tus cuentos de plagio, Palma! Tú sabes bien las porquerías que haces a espaldas de todos. Mejor agarra tus cosas y lárgate antes de que te saque junto con tu perro —soltó Thiago, perdiendo la paciencia.
Sin soltar a Rafael, lo acercó hasta quedar frente a Ángel.
Ángel seguía con la sonrisa pintada en la cara.
—Muchacho Guzmán, ¿tan desesperado andas que ya ni sabes cómo reaccionar? Dicen por ahí que fuiste tú quien metió a ese copión al Grupo Guzmán. Y mira que estudiaste años en el extranjero, pero sigues igual de despistado.
Thiago apretó el puño.
Alzó la mano, listo para soltarle un golpe a Ángel, pero Simón se interpuso y desvió el brazo de su hijo, lanzándole una mirada de advertencia. Luego, dirigiéndose a Ángel, dijo:
—Son cosas de juventud, señor Palma. No vale la pena enojarse. Mejor, venga, acompáñeme a sentarnos allá.

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