—¿Ya te dolió? ¿Ni siquiera puedo decir nada? —reviró Salvador, con ese tono que siempre buscaba tener la última palabra.
Florencia sentía que hablar con él resultaba imposible. Salvador seguía abrazando a otra mujer como si nada, pero aun así se atrevía a poner en duda la relación más común y corriente que tenía con Thiago. No valía la pena discutir.
Ignorando a Salvador, Florencia miró a Thiago con una disculpa dibujada en el rostro.
—Perdón, de nuevo te tocó ver este show. Lo que me comentaste hace rato, lo platicamos después, ¿sí? Mejor ve y atiende a los demás invitados.
Con Salvador en ese plan, bastaba con que Thiago permaneciera cerca, aunque estuvieran a metros de distancia y jamás se hubieran tocado, para que Salvador sacara conclusiones de lo más absurdas.
Florencia no quería meter a Thiago en el pleito, después de todo, era un asunto de familia entre ella y Salvador, y prefería no arrastrar a su amigo.
Thiago le lanzó una mirada preocupada, pero justo en ese momento un alboroto se escuchó desde la entrada. La voz potente de un hombre maduro retumbó en el salón:
—¡Simón, hombre! Tantos años de rivales y al final hasta se les toma cariño. Haces fiesta para tu hijo menor y ni invitación me mandas. Pero ya que llegué yo solito, ¿no me vas a correr, verdad?
Al parecer, Gilda no pudo detenerlo afuera. El hombre entró pavoneándose, de baja estatura pero con una panza enorme que le daba el aspecto de pelota cuando caminaba. Su presencia se hacía notar.
Florencia no conocía al sujeto, pero enseguida reconoció a alguien a sus espaldas: Rafael.
El mismísimo Rafael, el que la había dejado con la fama de plagiadora.
Hoy Rafael no llevaba sus trajes estrafalarios, sino un saco negro, discreto y apagado. Se mantenía a un lado del hombre, cabizbajo y sin ningún rastro de arrogancia.
Florencia entendió de inmediato: ese tipo que había irrumpido en la fiesta era nada menos que el señor Palma de Entretenimiento Luna de Diamante.
Sintió cómo una corriente helada le recorría la espalda. Se le vinieron a la mente los insultos eternos en internet, la gloria que Rafael alcanzó usando su música.
Como si una piedra le aplastara el pecho, le costaba incluso respirar.
Se quedó quieta, con la mirada fija en Rafael y el señor Palma, sin poder reaccionar.
Thiago también se veía molesto. Sin dudarlo, se acercó al recién llegado y le soltó:
—Señor Palma, entre nuestras familias no hay la confianza para compartir la mesa. No está invitado a mi fiesta, así que le pido que se lleve a su acompañante y se retire.

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