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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 185

Cuando Salvador regresó a Jardines de Esmeralda, ya era tarde del día siguiente.

Se frotaba la frente, cansado, sintiendo el peso de la preocupación. Al entrar, buscó con la mirada a Florencia, pero no la vio por ningún lado. Así que le preguntó a Emilia, quien andaba limpiando la sala:

—¿Y la señora? ¿Dónde está?

—¿La señora? No ha regresado desde ayer —contestó Emilia, sin dejar de pasar el trapo.

—¿Cómo? ¿No regresó en toda la noche? —La voz de Salvador sonó más fuerte, con el ceño apretado—. ¿Por qué no me avisaste? ¿Cómo que no dijiste nada si Florencia no volvió?

—Pues… es que ninguno de los dos regresó anoche. Cuando la señora salió, llevaba puesto el vestido de gala. Pensé que tenían algún plan juntos —explicó Emilia, un poco nerviosa.

El color desapareció del rostro de Salvador. Apresurado, fue por su celular y marcó el número de Florencia.

Del otro lado solo se escuchaba el silencio. Nadie contestó. Volvió a intentar, una y otra vez, pero siempre lo mismo: nada.

Al final, no tuvo más remedio que llamar a Noah, pidiéndole que averiguara el paradero de Florencia.

Pensó en la imagen de ella empapada por haber caído a la piscina, saliendo de la fiesta sin regresar a casa, sin cambiarse de ropa… ¿A dónde podría haber ido? ¿Será que seguía en casa de la familia Guzmán, todavía con ese infeliz?

Esa posibilidad le revolvió el estómago. Lanzó una maldición por lo bajo, agarró las llaves del carro y se dispuso a salir.

En ese momento, el rugido de una moto retumbó afuera. Al abrir la puerta, se topó de frente con Ciro.

Después de todo lo que había pasado, Salvador ya ni se molestaba en disimular su fastidio con él.

—¿Y tú qué haces aquí? —le soltó de inmediato.

—Vengo a invitarte a tomar unas copas, Salvador. No te pongas así, al final de cuentas seguimos siendo amigos, ¿no? Ya estoy aquí, no me vas a correr, ¿verdad? —contestó Ciro, quitándose el casco y echándole el brazo al hombro, jalándolo hacia adentro.

Salvador apartó su mano con brusquedad.

—Hoy no puedo, será en otra ocasión.

—Te ves fatal, ¿te pasó algo o qué? —insistió Ciro, volviendo a ponerle la mano encima, esta vez deteniéndolo para que no se fuera.

Salvador estaba a punto de empujarlo de nuevo cuando, de repente, se le ocurrió una idea. Lo miró de frente y preguntó, sin rodeos:

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