—¿De verdad lo que dices? —Salvador, que al principio parecía distraído, se puso de pie de golpe tras escuchar las palabras de Ciro. Sin pensarlo, le agarró con fuerza el cuello de la camisa.
—¿Tú crees que voy a inventar algo así? Lo escuché de mi papá y de don Aurelio —murmuró Ciro, algo incómodo—. Aunque te voy a decir, fue raro: los dos estaban hablando bajito, como si tuvieran miedo de que alguien los oyera.
Volteó a ver a Salvador, frunciendo el ceño.
—Oye, ¿y por qué te pusiste tan nervioso?
Salvador lo interrumpió, casi temblando de la ansiedad:
—¡Flor! Es Flor, ¿verdad? Dijiste que la llevaron a Luminosa, ¿pero a cuál hospital exacto?
—¿Qué? ¿La que se accidentó fue Florencia? —Ciro también se alteró, su voz se alzó por encima de lo normal.
Salvador no tenía cabeza para explicaciones. Tragó saliva y repitió:
—Dime, ¿a cuál hospital llevaron a Flor en Luminosa?
Sintió un hueco en el pecho, como si la angustia se le metiera bajo la piel. El color le abandonó el rostro.
La noche anterior, al irse con Martina, él vio a Florencia nadando hacia la orilla. Parecía tener fuerzas para nadar, para salir por sí misma. Salvador pensó que todo estaba bien, que Flor lo hacía a propósito, que solo quería evitar el escándalo del carrito de postres.
Por eso decidió primero llevar a Martina al hospital, y luego regresar por Flor.
Al fin y al cabo, era la fiesta de la familia Guzmán. Florencia siempre se llevaba bien con ellos. Si hasta se había interpuesto por Thiago, bloqueando aquel trago solo para protegerlo. ¿Cómo iba a pasarle algo en esa fiesta? ¿Cómo iban a dejarla sola?
Pero la realidad le pegó de frente.
¿Cómo había pasado todo esto?
Las imágenes lo asaltaron: Flor en el agua, su vestido flotando, el cabello negro como ala de cuervo extendiéndose sobre la superficie.
¿Desde ese momento ya estaba lesionada de la espalda?
¿Él de verdad abandonó a su esposa en la piscina?
Pensamientos caóticos lo asfixiaron. De pronto, una ráfaga de viento le golpeó la cara y un puñetazo aterrizó de lleno en su mejilla.
Salvador estuvo a punto de responder el golpe, pero primero escuchó la voz de Ciro, dura y llena de reproche:
—¿Me estás diciendo que la que cayó a la piscina fue Florencia? ¡Tú estuviste en esa fiesta, ¿o no?! Ya decía yo que los viejos hablaban raro, y resulta que era por Florencia… ¡Salvador! ¡Es tu esposa! ¿Qué diablos hiciste ayer? ¿Por qué fue ella sola al hospital? ¿Y cómo es posible que esté en Luminosa y tú ni enterado?
Salvador apretó los dientes, la rabia a punto de desbordarse.
—Ya sabes que es mi esposa, así que cuida cómo me hablas, Ciro. Ahora dime, ¿en qué hospital está Flor?
El ambiente se tensó como cuerda de guitarra. Ciro lo vio y supo que Salvador no estaba fingiendo.
...
Desde la entrada de Jardines de Esmeralda, Ciro vio alejarse el carro de Salvador. La tensión se le esfumó del cuerpo y sus puños se relajaron. Volvió la mirada hacia Emilia.
—¿Las cosas de Florencia? Dámelas de una vez.
—Señor Robles, ¿de veras mi señora ya no va a poder ponerse derecha nunca más? —preguntó Emilia, la voz temblorosa y los ojos llenos de preocupación.
Todavía recordaba a la señora tan elegante, tan segura. Imaginar a una mujer tan orgullosa, incapaz de enderezar la espalda…
—No te preocupes, su espalda está bien. Nomás le mentí a Salvador. Pero tampoco es que esté en buen estado, ¿eh? Dame las cosas —le respondió Ciro, suspirando.
Había engañado a Salvador para sacarlo de Solara. Si Salvador se empeñaba en buscarla, a Florencia le sería imposible salir de ahí.
Ahora, aprovechando la culpa de Salvador, lo había hecho irse. Florencia por fin podría marcharse.
Ciro soltó un suspiro. Qué cosas. Ni en sus peores días habría imaginado hacer algo así por Florencia.
Emilia soltó el aire que llevaba contenido, casi sonriendo de alivio. Se apresuró a entregarle los documentos.
Ya en la puerta, mientras veía a Ciro marcharse, Emilia no pudo evitar comentar:
—Señor Robles, usted sí es buena persona. Antes me equivoqué con usted, la neta.

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