Fue una coincidencia extraña. Aunque Salvador llegó de madrugada, justo coincidió con que el especialista estaba de guardia y realizando una cirugía de emergencia.
En los pasillos del hospital, al cruzarse con varias enfermeras, Salvador alcanzó a escuchar sus murmullos.
—Qué tragedia, la paciente de hace rato… creo que apenas tiene poco más de veinte, ¿no? La lesión en la espalda estuvo muy grave. Escuché al doctor Gao decir que tal vez tendrá que usar silla de ruedas el resto de su vida.
—Dicen que la atropelló un carro, ¿no? Qué mala suerte… Si no fuera por el doctor Gao, seguro habría salido peor.
—Ay, quién sabe dónde estarán sus familiares. Con algo así de grave, solo la muchacha esa está esperando afuera de la sala de operaciones.
—Me contaron que además la trajeron un poco tarde. Si la hubieran traído antes, quizás no estaría tan mal.
Las escuchó suspirar mientras pasaban junto a Salvador.
Veinte y tantos años, lesión en la espalda, silla de ruedas, sola en la sala de operaciones.
Toda esa información, mezclada con el sonido de la lluvia golpeando las ventanas, le retumbó en los oídos a Salvador.
Le vino a la mente la imagen de Florencia en la piscina, el vestido flotando como lirios de agua, completamente a la deriva.
Sin nadie a su lado.
Si en ese momento no se hubiera llevado a Martina, si se hubiera quedado a ver cómo seguía Flor...
—Señor Fuentes, no se altere. Lo que comentan las enfermeras no tiene por qué referirse a la señora… Mire…
Noah intentó consolarlo, pero no pudo terminar la frase: Salvador ya había salido corriendo hacia donde venían aquellas enfermeras.
Por dentro, Salvador deseaba que no fuera Flor quien estuviera ahí dentro.
Pero la edad y el estado de la paciente coincidían demasiado con su Flor. No podía evitarlo; la angustia lo devoraba.
Flor podía estar sola, atrapada en la sala de operaciones. Tenía que estar con ella.
Era su esposa, la mujer a la que eligió entre cientos en un salón de fiestas, la que logró conquistar tras pelear la promesa de matrimonio con su abuelo.
Su Flor, tan radiante, la joya más valiosa a su lado. ¿Cómo podía ella terminar en una silla de ruedas?
Al fondo del pasillo, la luz de la sala de operaciones seguía encendida.
Salvador, al borde de la desesperación, volvió a apurar a Noah:
—¿Qué pasó con la gente que te pedí localizar? Muévele, que vengan todos ya a Luminosa.
Al ver la ansiedad de Salvador, Noah no se atrevió a perder ni un segundo y se alejó para llamar por teléfono.
El tiempo pasaba lento.
Afuera, la lluvia comenzó a calmarse.
La luz de la sala de operaciones seguía encendida.
En medio del silencio del pasillo, el celular de Salvador sonó de repente. En la pantalla parpadeaba el nombre de Martina.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano