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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 189

Esa noche, Salvador recorrió todas las clínicas y hospitales de Luminosa buscando a una paciente llamada Florencia. No importaba a dónde fuera, no había rastros de ella.

Su último destino fue una de las clínicas de medicina tradicional más conocidas de la ciudad.

Ya eran las nueve de la mañana.

Después de no dormir en toda la noche, Salvador mostraba un cansancio evidente en el rostro, y su traje, siempre pulcro y elegante, ahora lucía desordenado. Sin preocuparse por su aspecto, entró directo a la clínica, que apenas acababa de abrir.

—Disculpe, ¿aquí tienen registrada a una paciente llamada Florencia Villar? —esa pregunta la había repetido tantas veces durante la noche que ya ni las podía contar.

Sentía que, en toda su vida, nunca había dicho tantas veces el nombre de Florencia como esa noche.

Durante toda la madrugada, además de ir de hospital en hospital, también la había llamado sin parar.

La única respuesta era el tono de línea ocupada, el aviso de llamada no disponible. No hubo ni un solo mensaje, ni una sola señal de ella.

A las seis de la mañana, Luminosa se vio envuelta en otra tormenta. Las gotas gruesas golpeaban el vidrio del carro con un sonido insistente, —tac, tac—. Salvador se quedó sentado en el asiento trasero, viendo la pantalla de su celular casi agotada.

Por primera vez, entendió cómo se sintió Florencia cuando lo llamó una y otra vez, sin que él contestara. Ahora, con el pecho apretado, como si le hubieran puesto una piedra encima, ese sentimiento desconocido lo incomodaba mucho.

—¿Qué? ¿Ah? —el médico de la clínica, ya de edad avanzada, parecía tener problemas de oído.

Salvador se acercó otro poco, conteniendo la irritación, y repitió—: Florencia, señor, ¿ayer no vino aquí una paciente llamada Florencia?

—¿Ayer? ¿Ayer dices? —el doctor pensó unos segundos—. Ayer llovió durísimo, ni abrí la clínica. No recibí pacientes.

Con esa respuesta, la última esperanza en la mirada de Salvador se apagó por completo.

No había ni rastro de Florencia.

Esa clínica era el último sitio que les quedaba por buscar. Salió de ahí y, como acto reflejo, intentó llamarla de nuevo, solo para descubrir que su celular, cómplice de su búsqueda durante toda la noche, ya se había quedado sin batería.

El aire de Luminosa, tras la lluvia, se sentía pegajoso, como aquel día en que Florencia lo buscó en el Grupo Fuentes.

Apoyado en la puerta del carro, con las cejas fruncidas y el semblante sombrío, Salvador encendió un cigarro, la brasa prendía y apagaba en sus dedos.

Noah, a su lado, preguntó con duda—: No puede ser, señor Fuentes... Ya revisamos casi toda Luminosa, no es posible que no haya ni un solo dato de la señora. ¿No se nos estará escapando algo? Si quiere, vuelvo a preguntar...

El cigarro se consumió hasta el filtro y se apagó solo.

Salvador, con un tono tan cortante que no admitía réplica, apoyó la mano sobre el carro, los nudillos tensos—: Ya no busques más. Nos engañó Ciro. Vámonos a Solara.

El nombre de Ciro salió de sus labios como si le pesara.

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