El silencio reinaba en la habitación, tan pesado que parecía haberse detenido el tiempo. Ambos se lavaron la cara y los dientes sin decir palabra, luego se metieron a la cama, cada quien de su lado, y nadie se atrevió a romper la quietud. El aire estaba tan tenso que Florencia sintió que le costaba hasta respirar.
Desde la vez que habló de divorcio, Salvador se había mudado al cuarto de visitas. Esta era, probablemente, la primera vez en semanas que compartían la misma cama.
En medio de esa oscuridad, Florencia no pudo evitar burlarse de sí misma. Vaya papelón, pensó, todo por aparentar lo que no son y ahora tocaba dormir juntos otra vez, como si nada.
Pero apenas cruzó ese pensamiento por su mente, algo la sobresaltó. Sintió una mano rodeándole la cintura, y enseguida, el cuerpo de Salvador pegándosele por la espalda. El aliento tibio de él le acarició el cuello, pegajoso, insistente, haciéndola tensarse de inmediato.
No solo eso. Percibió con claridad la presencia incómoda y rígida que la presionaba desde la espalda. En los pocos momentos de intimidad que habían tenido como pareja, Florencia sabía perfectamente lo que eso significaba.
No se contuvo y preguntó, cortante:
—Salvador, ¿qué te pasa? ¿Qué quieres?
La mano de Salvador ya se había posado sobre el lazo de su bata, dejando claras sus intenciones. Florencia tembló un poco de los nervios y volvió a hablar, con voz dura:
—Suéltame.
—Flor, tengamos un hijo —susurró Salvador de pronto.
El tono ronco, casi rozando su oído, hizo que el corazón de Florencia se desbocara sin control.
Si esa frase la hubiera escuchado un año antes, recién casados, habría dicho que sí, sin dudarlo. Pero ahora…
—Salvador, ¿estás mal de la cabeza? No olvides que estamos a punto de divorciarnos —le lanzó Florencia, dura.
—No tenemos que divorciarnos a fuerza, Flor —insistió él—. Podemos tener un hijo primero, y luego intentamos mejorar las cosas. Ya llevamos un año casados, y no hay un problema tan grave que no podamos resolver. No tienes que sentir que es el fin del mundo, ¿no crees?
Mientras hablaba, su mano seguía deslizándose bajo la bata, pero Florencia la detuvo en seco.
—Me das asco —le soltó, con frialdad.
Así que sí recordaba que llevaban un año casados. Pero, entonces, ¿qué significaba todo ese tiempo que no había dejado de verse con Martina?
Para él, no había problemas porque, simplemente, no los veía como problemas. Quizá, como muchos otros, pensaba que Florencia debía agradecer el estar en la familia Fuentes, como si fuera un privilegio.
—Salvador, eres un asco —repitió ella, sin ningún tapujo.
Hace un rato, cenando, él había dicho que no tenía prisa por tener hijos. Ahora, en la cama, ¿ya se le había subido el deseo y quería usar el tema del hijo para convencerla?
Qué patético.
Florencia, aún frente al espejo del baño, se quedó mirándolo desafiante.
El tiempo pasó en silencio, hasta que Salvador, de repente, cruzó la distancia y la cargó en brazos, lanzándola sobre la cama con brusquedad.
—Vaya, qué sacrificio el tuyo, ¿no? Tanto que te doy asco y aun así tienes que dormir conmigo esta noche —escupió, con una sonrisa torcida.
Tomó una toalla y, sin darle oportunidad de resistirse, le limpió los pies. Después, la abrazó con fuerza, apretándola contra su pecho.
El aroma a madera y un leve toque floral la envolvieron, creando una extraña sensación de paz. Florencia, atrapada en ese abrazo, solo podía ver el contorno fuerte de la mandíbula de Salvador.
No entendía qué bicho le había picado a Salvador, pero por un momento, la fuerza con la que la sostenía le hizo pensar que, tal vez, algo de cariño sí le tenía.
¿O era solo su imaginación? Quizá, si no le importara, no se habría molestado tanto por sus palabras.
Apenas surgió esa idea, la aplastó en su mente.
Percibió la mezcla de un suave perfume y el aroma a madera de Salvador, envolviéndola, casi mareándola.
No seas ilusa, Florencia. Si no fuera por lo de hoy en la casa de la abuela, seguro ya estaría con Martina.

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