Cuando Florencia despertó, Salvador ya no estaba a su lado.
No sabía si era solo cosa suya, pero sentía que su cuerpo aún conservaba un ligero aroma a fresias, tan sutil y persistente que la incomodaba. Necesitó casi media hora sumergida en la bañera para lograr que ese rastro se disipara al fin y sentirse a gusto de nuevo.
Ya arreglada, Florencia bajó al piso de abajo. El abuelo estaba sentado en la sala, tomando una bebida caliente. Reinaba un silencio extraño, una quietud tan densa que Florencia percibió al instante algo raro en el ambiente.
Saludó con cortesía al abuelo.
—Buenos días, abuelo.
El anciano dejó su taza con tranquilidad.
—Mandé a Salva antes a la empresa. Flor, quiero platicar contigo —dijo con un tono aparentemente afable, aunque Florencia detectó cierta tensión, como si una tormenta estuviera a punto de estallar.
En ese horario, aunque los demás de la familia Fuentes no siempre estaban en la sala, normalmente algún empleado andaba de aquí para allá. Pero hoy, el enorme espacio parecía reservado solo para ellos dos.
Conteniendo sus dudas, Florencia se acercó. Fue entonces cuando algo sobre la mesa atrapó su atención.
Un acuerdo de divorcio. Florencia lo reconoció al instante: había impreso suficientes copias como para no equivocarse. Aquello que había esperado tantas veces que Salvador firmara... Ahora estaba en manos del abuelo.
Eso la desconcertó. ¿Cómo había terminado ese documento ahí?
La familia Fuentes siempre tenía sus propios intereses y secretos. Además, como su divorcio con Salvador todavía no era definitivo, jamás se habría atrevido a llevar el acuerdo a la vieja casona.
—Por tu reacción, esto es cierto, ¿verdad, Flor? —preguntó el abuelo, mirándola de frente.
Florencia ya no intentó negarlo. Asintió, bajando la mirada.
El abuelo suspiró.
—¿Fuiste tú quien lo pidió?


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