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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 201

La aparición repentina de Salvador provocó un momento incómodo en el rostro del productor que platicaba con Florencia. Buscando cualquier excusa, el tipo se retiró apresurado de ese lugar plagado de tensión.

Florencia forcejeó, intentando zafarse del agarre de Salvador, pero sus fuerzas, tan frágiles en comparación, no pudieron competir con la firmeza con la que él la sujetaba.

Sin más, Salvador la sacó del salón de la fiesta.

El viento, fresco y cortante de finales de otoño, se coló entre los pliegues de su delgado vestido, haciendo que Florencia temblara ligeramente. Con el semblante tenso y la mirada dura, se plantó frente al hombre. Ni siquiera tuvo oportunidad de hablar antes de que él la increpara:

—Florencia, ¿ya acabaste tu show? Yo sigo vivo, ¿y tú ya andas coqueteando con cualquiera que se te atraviese?

—¿Ah, sí? ¿Y cómo es que sigues vivo? —Florencia se le fue a la yugular, la voz cargada de sarcasmo y furia.

Salvador sintió cómo una presión le subía por la garganta, ahogándolo. Por más que el tiempo sin ver a Florencia no había sido largo, ella se sentía irremediablemente lejana.

Sin soltarla, Salvador la acorraló contra la pared.

—¿Solo porque ese día no te saqué de la piscina, ahora ya quieres verme muerto?

Pero lamento decirte que te vas a quedar con las ganas. Todavía me veo dándote lata, mínimo, otros cincuenta años.

Su voz destilaba malicia. Observó divertido cómo los ojos de Florencia ardían de rabia.

Con solo unas palabras, lograba alterar su expresión. Para él, era como haber encontrado un nuevo pasatiempo. Deslizó lentamente los dedos por su rostro hasta detenerlos en sus labios, intentando abrirse paso entre ellos.

El aroma a madera de ébano, que antes le resultaba adictivo, ahora solo le revolvía el estómago. Sin pensarlo, Florencia abrió la boca y le clavó los dientes en el dedo.

El sabor metálico de la sangre le invadió la boca. Unas gotas escarlata rodaron por la comisura de sus labios.

El sabor era tan intenso que le provocó náuseas y hasta las lágrimas se le escaparon, pero Florencia no aflojó, empeñada en morder como si quisiera vengar la muerte de su hijo, como si pudiera arrancarle un pedazo de carne a Salvador.

—¡Carajo! ¿Estás loca? ¡Suelta! —rugió Salvador, vencido por el dolor.

Florencia ni lo miró y siguió apretando con los dientes.

Desesperado, Salvador la obligó a soltarla apretándole la quijada hasta que, a regañadientes, pudo sacar su dedo de entre sus dientes.

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