Aunque Álvaro no era precisamente un ejemplo a seguir, al menos tenía juventud y fuerza. Cada vez que el bastón caía sobre Salvador, la sangre empezó a brotar de su hombro.
En la vieja casona, el único sonido que se escuchaba era el golpeteo seco del bastón contra Salvador, retumbando como un trueno en el silencio.
Oliver Fuentes y Dolores Paredes se limitaron a mirar desde un rincón, sin mostrar emoción alguna. Tamara intentó intervenir un par de veces, pero al ver la expresión severa del abuelo, prefirió guardar silencio.
Florencia observaba todo con distancia. El sonido sordo del bastón golpeando la piel era lo único que rompía el ambiente tenso. Mirando fijamente al abuelo, dijo:
—Abuelo, gané la apuesta. ¿Lo que me prometió…?
—Flor, tú tranquila. Lo que te prometí, lo voy a cumplir. Pero antes de eso, déjame desquitarme un poco por ti —respondió el abuelo, sin apartar la vista de Salvador.
Él no dio la orden de detenerse, y Álvaro parecía disfrutar el castigo, así que siguió adelante.
No se supo cuánto tiempo pasó. El rostro de Salvador se puso tan pálido que parecía enfermo, y el sudor le resbalaba por la frente, sin parar.
Incluso Álvaro ya estaba jadeando del esfuerzo.
El ambiente se impregnó de un sutil olor a sangre. Con cada golpe, Florencia no sentía ningún tipo de satisfacción; al contrario, la irritación se le hacía un nudo en el pecho.
Se levantó de golpe.
—Voy a salir a tomar aire. Avísenme cuando terminen.
Su voz tan fría no dejaba ver ni una pizca de emoción. Al abuelo le sorprendió ese tono, y Salvador levantó la vista para mirarla.
Ella no se detuvo ni volteó, ni siquiera le regaló una mirada. Lo único que él pudo ver fue su silueta elegante alejándose.
Salvador apretó la mano sobre su rodilla. Sin decir palabra, observó la espalda de Florencia, con los ojos llenos de una tormenta silenciosa.
¿En verdad ella ya no lo quería?
¿O quizá ya tenía en la mira a alguien más?
Si no, ¿por qué cuando Thiago sólo tomó una copa, Florencia corrió a protegerlo, y ahora que él estaba siendo castigado, ni siquiera le regalaba una mirada?
Salvador apretó los labios, los tendones marcados en su mano.
No importaba. Florencia era su esposa, le pertenecía.
¿Que ella quería buscar a otro? Eso jamás.
...
Una brisa fresca le revolvió el cabello a Florencia.
De pronto, una sombra se posó sobre ella. Escuchó la voz grave de un hombre:
—¿Así que apostaste con el abuelo porque quieres divorciarte de Salvador? No creas que las cosas van a salir como tú quieres.

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