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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 214

—Ya compré el boleto de avión para mañana.

Florencia apenas levantó la mirada, sus pestañas temblaron por un instante. De reojo, notó el enorme ramo de rosas rojas que Salvador llevaba en la mano. Su voz sonó distante, sin rastro de calidez.

Salvador ya lo sabía por el abuelo; Florencia se iría a Solara al día siguiente. No podía esperar más para regresar y terminar todo con él.

Por un segundo, su expresión se tensó, pero de inmediato intentó cambiar el tema.

—No hay prisa. Esta vez vine solo para acompañarte, para que te distraigas un poco. Siempre decías que querías conocer Alicante, incluso preparaste todo un itinerario. Así que yo…

Mientras hablaba, Salvador fue acercándose paso a paso hacia Florencia, alargando la mano para tomar las bolsas que ella traía. Pero de repente, arrugó la frente, y su voz se volvió mucho más dura.

—¿Con quién estabas hace rato?

El corredor no tenía mucha luz; el resplandor caía sobre el rostro de Florencia, sin darle un ápice de suavidad. Seguía con ese aire altivo y distante, como si nada ni nadie pudiera tocarla. Sin embargo, Salvador percibió en ella un aroma fuerte de loción masculina, inconfundible, que se le pegaba a la piel.

Ese perfume tan característico solo podía significar que había estado mucho rato con otro. Un olor tan penetrante no se impregnaba tan fácil; era obvio que Florencia había pasado buena parte del día con él.

En el camino, Salvador había estado jurándose que esta vez no discutiría, que haría lo posible por convencer a Flor de regresar a casa, sin importar lo que ella le dijera.

Pero ese perfume… era como una espina clavada bajo la piel, imposible de ignorar, pinchándole cada nervio hasta destrozarle toda la paciencia.

Apretó la muñeca de Florencia, su voz era cada vez más oscura:

—¿Dónde estuviste todo el día? ¿Estuviste con él? ¿O es que desde hace medio mes no te has separado de ese tipo?

Las preguntas se le escapaban una tras otra, sus ojos parecían una tormenta a punto de estallar, con una furia que amenazaba con tragarse a Florencia entera.

—¿Y a ti qué te importa? Lo del divorcio ya lo sabe el abuelo, ¿no? Mañana…

Florencia no alcanzó a terminar porque Salvador la empujó contra la pared, sin miramientos. La bolsa de plástico en su mano se rompió, y las manzanas rodaron por el piso, desparramándose.

Salvador le retorció la mano, uno a uno le abrió los dedos y le quitó las llaves. Luego se las lanzó a Noah, que estaba junto a ellos.

—¡Ábreme la puerta!

—Señor Fuentes...

Noah vaciló, como si quisiera recordarle el verdadero motivo de ese viaje, pero Salvador lo cortó de inmediato.

No supo en qué momento empezaron a caer las lágrimas; se mezclaban con el agua, invisibles para cualquiera.

Tosía, asfixiada, sin poder ni siquiera inclinarse para respirar mejor. El tiempo parecía haberse detenido. Cuando la mano de Salvador por fin la soltó, Florencia se desplomó, agotada, sobre el piso.

Su cuerpo, pegado a las baldosas heladas, sentía como si toda su temperatura se hubiera ido. Ya no sentía el frío; solo una enorme vacuidad.

Salvador la miraba desde arriba, viendo sus cabellos mojados cubriéndole media cara. No podía ver su expresión, solo el temblor de sus hombros.

Suspiró, resignado, con voz baja.

—Flor, no me culpes. Si tú no fueras tan olvidadiza con el papel de señora Fuentes, y no llegaras oliendo a otro, yo no tendría que limpiarte así.

Se agachó, esta vez con gestos suaves, como si quisiera cargarla en brazos. Florencia, al sentir el aroma tenue de su loción, solo sintió una repulsión profunda.

De un manotazo apartó sus manos.

—¡Aléjate! ¡Salvador, lárgate de aquí!

Un asco tremendo le revolvía el pecho. ¿Cómo se atrevía él a acusarla de estar sucia, cuando era él quien había pasado la noche anterior —o incluso antes de llegar a Alicante— enredado con Martina? ¿Con qué cara venía a volcarle toda la culpa a ella?

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