Florencia permanecía acurrucada en el suelo, sin fuerzas para levantarse. El tiempo pasaba despacio, como si el mundo se hubiera detenido únicamente para dejarla sentir ese dolor. Tal vez fue su rechazo tan evidente lo que hizo que Salvador saliera del cuarto.
Al poco rato, desde la sala llegaron ruidos de cosas moviéndose —golpes, zumbidos, el eco de la vida cotidiana—. No tenía idea de qué hacía él allá afuera.
El agua fría le chorreaba del cabello, goteando sobre el piso. El temblor de su cuerpo era incontrolable; sin embargo, la heladez en su piel no se comparaba con el vacío que sentía en el alma.
Ese era el hombre al que había amado por ocho años. Qué ironía. Nunca había confiado en ella, ni había salido a defenderla. Y aun así, ella, como polilla atraída al fuego, había decidido casarse con él. Visto en retrospectiva, parecía la peor de las bromas. Un circo con ella de payasa principal.
No sabía cuánto tiempo estuvo así, tendida sobre el frío del piso. Finalmente, forzándose, se levantó para darse un baño caliente, buscando aunque fuera un poco de consuelo.
Cuando salió, la mesa ya estaba servida. Los platillos humeaban y el ramo de rosas rojas que Salvador había traído estaba acomodado en un florero. A su lado, unas velas encendidas lanzaban destellos cálidos y anaranjados, como si intentaran pintar de esperanza el ambiente.
Sobre la mesa, una charola con manzanas ya lavadas, peladas y cortadas en trozos, completaba la escena. Todo parecía tan acogedor.
Pero para Florencia, aquello no era más que una burla cruel.
Siempre era igual. Salvador la lastimaba una y otra vez, y luego intentaba cubrirlo todo con falsas atenciones. Así era él: tan falso que hasta su cariño parecía una broma pesada.
Mientras ella se quedaba viendo la mesa, Salvador entró a la sala con el último platillo en las manos.
—Ya está, ven a cenar —le dijo, dejando el plato en la mesa y acercándose a ella—. Ya vi que aquí no tienes muchas cosas, así que preparé lo que pude. Cuando venía para acá, noté que hay un supermercado cerca. Si quieres, después de cenar bajamos a comprar más cosas. Tú...
Su voz era suave, buscaba sonar familiar, como si nada hubiera pasado.
—¿Quién te dijo que somos “nosotros”? —le cortó Florencia, su voz tan dura como un portazo.
Salvador se quedó callado apenas un instante. Después, como si nada, sonrió y preguntó, fingiendo inocencia:
—¿Sigues enojada? Flor, acepto que me pasé. Pero también tienes que entenderme. Dejé todo el trabajo pendiente para esperarte aquí todo el día, y regresas oliendo a perfume de otro. Yo también tengo derecho a enojarme, ¿no crees?
Al decir esto, intentó acercarla a la mesa, pero Florencia lo apartó de un manotazo.
Las palabras de Salvador, tan seguras y llenas de razón, le revolvían el estómago. Siempre olvidaba convenientemente sus propios errores. Como cuando llegaba a casa oliendo a Martina.
Florencia no quiso responder. Salvador insistió:
—Ya pasó, Flor. Ven, cenemos primero.

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