Florencia apenas pudo obligarse a levantarse. Por suerte, el odioso de Salvador ya no estaba ahí.
El desastre en la habitación había desaparecido: todo lucía impecable. Sobre la mesa la esperaba el desayuno, el pan aún soltaba un poco de vapor, señal de que Salvador se había ido hace poco.
Comió a la carrera, sin mucho apetito, y en el camino a su destino, se detuvo en una farmacia para comprar algo para la fiebre.
Cuando llegó a la plaza donde sería la presentación, se encontró con una marea de gente. El ambiente era mucho más intenso que el del evento al que había asistido días antes. Una alfombra roja cubría el suelo y pétalos de rosa estaban esparcidos por todos lados.
Todo parecía envuelto en una atmósfera extraña, casi como si fuera una película romántica… pero Florencia no tenía cabeza para eso.
En la entrada la esperaba el encargado del evento. Apenas la vio, se acercó con una sonrisa nerviosa. Florencia no estaba segura si era su imaginación, pero el trato de aquel día le pareció especialmente servil.
Solo cuando logró abrirse paso entre la multitud y vio el enorme estrado montado en el centro de la plaza, con enormes pancartas colgando alrededor, comprendió lo que estaba pasando. La irritación le brotó en el rostro.
El hombre que no había visto en la mañana ahora estaba justo ahí, en el centro de la multitud. Salvador sostenía un ramo de rosas rojas, a sus pies amontonaban vestidos, joyas y cajas de regalo, como si quisiera presumir su dinero delante de todos. Sobre su cabeza, una pancarta gigante decía: “Florencia, ven a casa conmigo”.
Y por si fuera poco, varios drones sobrevolaban la escena, grabando cada instante de aquella “gran muestra de amor”.
En cuanto Florencia dio unos pasos, cientos de globos rojos se elevaron al cielo, inundando el ambiente de colores chillones. Todo tenía ese aire ostentoso y vulgar de quien quiere llamar la atención a la fuerza.
Florencia sintió que la fiebre le jugaba una mala pasada. Por un instante, todo se le nubló y casi se desmaya.
Alzó la vista y notó los drones grabando desde arriba. Escuchaba a la multitud gritar y a otros grabando con sus celulares. Eso no era una disculpa, era un show transmitido en vivo. Salvador quería manipular la opinión pública para forzarla a ceder.
En ese breve instante de desconcierto, Salvador ya estaba delante de ella, hincado sobre una rodilla, ofreciéndole las rosas. Su voz, fingiendo humildad, resonó en medio del bullicio:
—Flor, perdóname, no debí ignorar tus sentimientos. No nos divorciemos, el abuelo nos está esperando en casa, ¿sí? ¿Podemos regresar juntos?
Como si recitara un guion, le puso las rosas en la mano. La gente alrededor, sin entender nada, aplaudía y gritaba.
Florencia bajó la cabeza. A través del enorme ramo, que casi le cubría la cara, miró los ojos de Salvador, llenos de una seriedad fingida.
Y entonces, sin que nadie lo esperara, levantó el ramo y se lo estampó en la cara.
Los pétalos volaron por el aire. Florencia lo miró con una frialdad absoluta mientras Salvador, atónito y con la cara llena de flores, trataba de recomponerse.
—Ni lo sueñes, Salvador. Guarda tus asquerosos trucos para alguien que los aguante. Yo jamás podré perdonarte.

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