El viejo sintió que todo se le nublaba y por poco se desmayaba de nuevo.
Desde que Flor regresó, estaba decidida a divorciarse. Él había notado muchos cambios en ella, pero nunca se atrevió a indagar más a fondo. Incluso llegó al extremo de encubrir a Salvador, y aunque perdió aquella apuesta, aun así buscó la manera de alejar a Flor de la casa, todo para darle una oportunidad a ese desalmado.
Pero, ¿Salvador merecía eso? ¡Claro que no! ¡Un tipo capaz de quitarle la vida a su propio hijo! No tenía el más mínimo derecho a pararse frente a Flor.
Tamara, al ver que la salud del abuelo iba de mal en peor, trató de calmar el ambiente.
—Oliver, ya bájale tantito, ¿sí?
—¿Y qué he dicho que no sea cierto? Ese Salvador siempre ha sido un desgraciado, un perro callejero sin educación. Aunque lo metieran de golpe a nuestro círculo, nunca encajó con nadie.
Oliver lanzó la frase con rabia contenida.
—Es un insensible, pura basura. El abuelo siempre lo consintió, lo defendió, hasta le arregló el matrimonio con la nieta de su mejor amigo. ¿Y cómo le pagó? Mató a su propio hijo. Si Salvador es capaz de hacer algo así, ¿por qué yo no puedo decirlo en su cara? —reviró Oliver sin titubear, lanzando una mirada cortante a Tamara.
En ese momento, Álvaro llegó apresurado tras enterarse de la discusión. Alcanzó a escuchar las palabras de Oliver y, para sorpresa de todos, estuvo de acuerdo.
—Oliver tiene razón. Papá nunca debió traerlo de vuelta a casa.
El viejo respiró profundo, pero no tenía cabeza para discutir con Oliver y Álvaro. Todo lo que podía pensar era en Florencia y lo que había pasado. Las pullas de sus nietos le resbalaban.
La tensión flotaba en el aire cuando Camila entró de prisa.
—El señor Salvador ya está aquí.
Esa noticia cayó como una bomba. Oliver y Álvaro, que no paraban de hablar, callaron de inmediato. Se acomodaron en el sillón, listos para ver el espectáculo. El abuelo se llevó la mano al pecho, con el resuello entrecortado, como si le faltara el aire.
El médico de la familia seguía ahí, atento por si se presentaba una emergencia.
Salvador apenas puso un pie en la casa y sintió el ambiente pesado, como si una nube negra colgara sobre todos. Ni siquiera se había cambiado la ropa; su camisa todavía guardaba dos pétalos de rosa entre el cuello, recuerdo reciente de aquella noche romántica en Alicante, que parecía tan lejana de repente.
Sin tiempo para preguntar qué sucedía, el abuelo tomó el vaso de agua de la mesa y se lo lanzó directo.
—¡Arrodíllate!
—Abuelo, ¿qué te pasa? Mira, puede que en Alicante me haya pasado con la sorpresa, pero mi intención era buena. Yo solo quería recuperar a Flor. Hasta donde sé, tú estabas de acuerdo —respondió Salvador, intentando mantener la calma.
—Florencia estaba embarazada. Casi cuatro meses. Aquella noche que la abandonaste en la piscina, terminaste con la vida de tu hijo.
Las palabras, cargadas de veneno, llegaron como un golpe directo al corazón de Salvador. Dio un paso atrás, tambaleándose, y negó con la cabeza, incrédulo.
—No... no puede ser. Si Flor estaba embarazada, ¿por qué no me lo dijo? Estás mintiendo, Oliver. Dime que estás mintiendo.
Oliver lo miraba con una sonrisa torcida, cada vez más desdeñosa.
—¿Mentirte a ti? ¿Para qué me serviría? Mira esto.
Le mostró el video de esa noche en la pantalla. Ahí estaba Salvador ignorando los gritos de auxilio de Florencia, mientras se llevaba a su amante. El agua de la piscina teñida de rojo. Si no hubiera sido por Edna, Florencia y el bebé no habrían sobrevivido.
Salvador vio toda la escena sin poder apartar la mirada. Esa noche nunca había dejado de perseguirlo. Muchas veces recordaba a Florencia en el agua, preguntándose si tenía miedo, si sintió dolor.
Aun así, cuando la vio en Alicante, radiante y rodeada de amigos, pensó que había superado todo. La vio riendo, bebiendo, discutiendo con él a todo pulmón y creyó que nada le había afectado.
Ahora, con Oliver arrojándole la verdad en la cara, supo que Florencia, esa noche, no solo casi pierde la vida: había perdido a su hijo.

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