Un zumbido constante retumbaba en la cabeza de Salvador, como si una colmena se hubiera instalado en su mente y no pensara irse.
En el video de seguridad, la imagen era borrosa y la piscina parecía un pozo oscuro y revuelto. Sin embargo, cuando Edna sacó a Florencia del agua, la enorme mancha roja sobre el vestido color rosa pálido se convirtió en el único detalle nítido de toda la grabación. Esa mancha, como una alarma encendida, atrapó la atención de Salvador y lo dejó paralizado frente a la pantalla, incapaz de apartar la mirada.
Sentía rabia contra Ciro por haberle mentido, sentía rabia contra Florencia por haberse ido así, sin decir nada. Pero, después de ver lo que había pasado sin que él lo supiera, le resultó imposible seguir evadiendo la verdad: su esposa había tenido que soportar muchísimo, y él ni siquiera se había enterado.
¿Y él? ¿Dónde estaba mientras todo sucedía? ¿Qué estaba haciendo?
Al pensar en eso, un peso se instaló en su pecho, aplastándolo hasta casi dejarlo sin aire.
No entendía cómo todo había llegado a este punto.
Florencia…
El video seguía repitiéndose una y otra vez, y el sonido agudo de la grabación llenaba el silencio del viejo caserón como si fuera una campana fúnebre.
Salvador se quedó mudo. El abuelo también guardaba silencio, pero Oliver no aguantó más y le arrebató el celular de un tirón. —¿Ya viste suficiente? ¿Ahora sí quieres hacerte el sufrido? ¡Ya es tarde!
—Salvador, de verdad eres una burla, ¿eh? Tú mismo mataste a tu hijo y ni cuenta te diste.
Cada palabra de Oliver era como una daga directa al corazón de Salvador, destrozando la fachada de calma que había en el ambiente.
En ese momento, el abuelo reaccionó por fin. —Salvador, mejor divórciate. Déjala ir.
Su voz sonaba más vieja que nunca. Salvador, sacudido, intentó resistirse. —Abuelo… yo… yo debería compensarla.
—¿Compensarla? Deja de buscar excusas. Lo mejor que puedes hacer por ella ahora es dejarla en paz —el abuelo, viendo la terquedad en Salvador, decidió hablar claro—. Salva, ¿es que aún no te das cuenta? Florencia solo quiere irse. Déjala, ¿sí?
Salvador se quedó callado, como si no pudiera digerir lo que acababa de escuchar. El abuelo lo miró y se notaba que todavía no estaba convencido de dejar ir a Florencia.
Oliver, al verlos, soltó una risa mordaz. —¿Abuelo, todavía crees que Salvador va a entender razones? Personas como él solo piensan en sí mismas. Florencia por un lado, Martina por el otro… Si no fuera porque no quiere soltar a ninguna, nada de esto habría pasado.
—Y si lo piensas bien, la pérdida del hijo de Florencia también fue por culpa de Martina. ¿O no? ¿Y qué hizo Salvador? Se fue a la cárcel y sacó a Martina limpiándole el nombre. ¡Eso sí que está bueno!

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