El lugar donde iban a cenar lo había reservado Tristán.
Al estar sentados en el privado, él se mostró un poco apenado.
—Señorita Villar, la verdad es que siento mucho estar molestándola últimamente. La neta, desde que mi tío la conoció la vez pasada, no ha dejado de mencionarla.
Suspiró y bajó la mirada, como resignado.
—La verdad es que ya no sé qué hacer. Mi tío, en estos años, cada vez está más confundido. Ya lo llevamos con varios doctores, pero nada ha servido… Ahora sólo me queda seguirle la corriente.
Florencia asintió, dejando claro que comprendía la situación.
En la mesa, Santiago se sentó justo frente a Florencia. No dejaba de observarla, como si quisiera encontrar en su cara la sombra de alguien que buscaba en sus recuerdos.
Cuando Florencia lo miró, él, de inmediato, le empujó uno de los platillos.
—Hija de Juju, come, estás demasiado delgada.
Sus ojos, transparentes, recordaban los de un niño que no sabe nada del mundo. Ya no quedaba rastro de ese hombre que alguna vez fue temido en los negocios.
Tristán tomó el platillo y lo regresó con naturalidad.
—Tío, la señorita Villar puede servirse sola, tú preocúpate por lo tuyo.
Luego, volviéndose hacia Florencia, continuó:
—Señorita Villar, como puede ver, mi tío no está bien, pero no quiero estar incomodándola siempre. Mejor hagamos esto: le pago por venir dos veces a la semana a la familia Vargas. Cada semana le daré cien mil pesos. ¿Le parece?
Temiendo que Florencia no aceptara, Tristán se apresuró a añadir:
—O si tiene alguna otra petición, sólo dígame. Si está en mis manos, se lo cumplo.
Florencia, por dentro, no dejaba de pensar en esa foto que se parecía tanto a Juliana.
Dudó un poco, pero no tardó en responder.
—Entonces, hagámoslo como usted dice, señor Vargas. Pero no puedo prometer estar disponible siempre. Yo decidiré los días que pase con la familia Vargas cada semana, ¿le parece bien?
En otras palabras, no estaría disponible a cualquier hora.
Tristán asintió enseguida.
—Por supuesto, yo soy el que le está pidiendo el favor, así que todo será a su ritmo, señorita Villar.
Florencia tampoco puso reparos a recibir la paga. Si desde un principio todo quedaba claro, era mejor para todos.
Mientras Tristán y Florencia platicaban, Santiago no apartaba la vista de ella. No fue sino hasta que guardaron silencio que Santiago preguntó, con una voz suave:

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