Florencia también quería irse, pero de verdad no quería seguirle causando molestias a Edna.
Dijo un par de frases para salir del paso y colgó el teléfono.
Para cuando Salvador regresó, ya era de madrugada.
Florencia se despertó por el ruido de la puerta.
Él todavía traía encima ese olor penetrante a desinfectante de hospital, tan fuerte que a Florencia, medio dormida, se le fue el sueño de golpe.
A la luz tenue de la lámpara junto a la cama, Florencia lo miró de reojo.
—¿Hoy qué fue, Salvador? ¿Martina se rompió la pierna o se lastimó la mano?
—¿Me estuviste siguiendo? —Salvador encendió la luz. El cuarto oscuro se llenó de repente de claridad, y Florencia no dejó pasar ese gesto fugaz de fastidio en su cara.
—¿Para qué te iba a seguir, Salvador? Si el señor Fuentes sale cargando a Martina hecho un tornado rumbo al hospital, cualquiera que tenga ojos lo puede ver —le soltó Florencia, sin molestarse en disimular el sarcasmo.
—No es lo que piensas. Martina se cayó ese día, y parece que le quedaron secuelas. Le dio una leve conmoción cerebral, así que yo...
Florencia se quedó en silencio, la boca torcida en una mueca.
—¿O sea que según tú, Salvador, Martina está así por mi culpa? ¿La llevaste al hospital para disculparte en mi nombre? ¿Eso quieres decir?
—No, yo no...
—Yo ya no sé si tú de verdad te haces tonto o si de plano lo eres, Salvador. Ya va como una semana de la caída de Martina, ¿no? Qué raro que la conmoción cerebral se tardara tanto en aparecer, ¿no crees?
De pronto, Salvador se quedó callado.
No se sabía si era por las palabras de Florencia o por otra cosa.
El tiempo fue pasando, y Florencia pensó que ya no iba a decir nada. Pero entonces lo escuchó, bajito:
—Flor, perdóname.
Florencia se dio la vuelta y no respondió. Aun así, no pudo evitar que una lágrima le rodara por la mejilla.
Si Edna no lo hubiera visto.
Si él no hubiera regresado con ese tufo a desinfectante.
Quizá sí podría creerle que estuvo ocupado con asuntos del trabajo.
Pero la mentira siempre es igual: es como un papel tan delgado que se rompe con solo mirarlo fijamente.
Florencia aguantó lo que pudo, pero al final las palabras se le escaparon:
—De veras, Salvador, eres el mejor jefe del mundo. Tienes a un enfermo, que no puede ni levantar una caja, en un puesto muy importante, y todavía te toca recogerle los desastres. Cualquiera que escuche tu historia seguro va a decir que eres un gran filántropo, ¿eh?
Salvador ya sabía que Florencia nunca medía lo que decía.
Aun así, le frunció el ceño ante sus palabras.
No discutió. Se fue a lavar la cara y a cambiarse, y luego se metió a la cama. De paso, abrazó a Florencia por detrás.
Medio dormida, medio despierta, Florencia lo escuchó murmurar con voz grave:

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