Salvador solo miró fijamente a Florencia, y en cuanto al tema de Martina, prefirió hacerse el desentendido.
El piano y la ropa que compraron hoy ya habían sido enviados a Jardines de Esmeralda.
Emilia se había mantenido callada un buen rato, pero al ver regresar juntos a Florencia y Salvador, volvió a las andadas con sus halagos:
—Señora, mire nada más cómo la consiente el señor, de veras que…
Florencia le lanzó una mirada, no dijo nada y se fue directo escaleras arriba.
Salvador la detuvo:
—¿No vas a probar el piano primero? Mira que yo, como esposo, todavía no te he escuchado tocar.
Para ser sinceros, sí la había escuchado, pero fue hace años, en una de esas fiestas de la familia Castillo, y ni siquiera le tocó a él.
En ese entonces, Florencia era la consentida de Gonzalo Castillo, la niña de sus ojos, mientras que él apenas salía del hoyo, tratando de cubrir su origen con ropa elegante.
Intentaba ocultar sus malos hábitos bajo un disfraz reluciente.
Aquella Florencia era incluso más soberbia que ahora.
Parecían de mundos completamente distintos.
Pero ahora…
Salvador miró a Florencia y, en sus ojos, había algo oscuro y difícil de descifrar.
Cuando cruzaron miradas y notó el dejo de burla en los ojos de Florencia, le soltó:
—Flor, ¿no me regalas una canción?
Florencia no entendía de dónde le venía a Salvador ese repentino antojo de escucharla.
No tenía ganas de darle el gusto, así que intentó pasar de largo subiendo las escaleras.
Pero justo al cruzar junto a él, Salvador se agachó de repente, y con un movimiento rápido la cargó sobre su hombro.
La sala de música estaba recién arreglada por Emilia.
El piano, que apenas habían entregado, lucía imponente en el centro de la habitación.
Salvador la sentó en el banquito frente al piano.
No se apartó. Apoyó la mano en el borde del piano, acorralando a Florencia como si no pensara dejarla ir, y se quedó ahí, esperando.
Al ver el piano, Florencia no pudo evitar recordar el numerito de Salvador en el restaurante más temprano.
Sabía de sobra que ese piano no era un regalo sincero para ella; no era más que otra muestra ridícula de su manía de poseer.
Por eso mismo, Florencia tenía aún menos ganas de tocar. Le soltó:
—Estoy cansada, déjame en paz.
—Es sólo una canción. No te vas a cansar por eso —le respondió Salvador. Le tomó la mano y la puso sobre las teclas, como si no aceptara un no por respuesta.
Florencia insistió:
—Señor Fuentes, si quiere escuchar música, allá afuera hay muchas dispuestas a tocarle. ¿Para qué forzarme?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano