Florencia estaba casi segura de que Dolores ocultaba un secreto, uno de esos que se sienten en el aire aunque nadie los diga. Sin embargo, como tarde o temprano pensaba alejarse de la familia Fuentes, tampoco sentía una curiosidad desbordante por descubrirlo.
El abuelo la retuvo durante una hora, platicando con rodeos, aunque al final todo se reducía a lo mismo: intentaba convencerla de no divorciarse.
Florencia apenas y lograba disimular la indiferencia. El abuelo lo notó, pero aun así le pidió que lo pensara bien. Luego mandó llamar a la hija de Tamara, la prima de Salvador, Luciana Fuentes, para que la acompañara más seguido en Jardines de Esmeralda.
En la segunda rama de los Fuentes solo quedaban Tamara y Luciana, quienes nunca habían mostrado interés por la herencia y siempre obedecían al abuelo sin chistar.
Florencia entendió de inmediato: el abuelo quería que Luciana, que tenía más o menos su edad, fuera la mediadora, la que tratara de hacerla entrar en razón.
A la hora del almuerzo, la mesa lucía más vacía que de costumbre. No solo Salvador estaba ausente, sino que Oliver tampoco había regresado.
Antes de comer, el abuelo intentó llamar a Salvador, pero no logró comunicarse.
Al final, solo se limitó a decirle a Florencia, como si nada: Salvador está ocupado.
¿Ocupado con qué? El abuelo no supo explicar, pero Florencia tenía clarísimo que estaba ocupado consintiendo a Martina.
Terminó de comer casi sin darse cuenta, y fue el abuelo quien pidió al chofer que la llevara de regreso a Jardines de Esmeralda.
Al llegar, Emilia estaba en el patio secando frutas al sol. Al ver a Florencia, la saludó con una voz un tanto extraña.
Florencia y Emilia habían logrado mantener las apariencias últimamente. Sin embargo, la expresión de Emilia era tan rara que Florencia no pudo evitar preguntar:
—¿Qué pasa?
Emilia dudó un poco, incómoda, pero respondió:
—Usted misma va a ver, señora.
Florencia no insistió. Solo cuando abrió la puerta entendió por qué Emilia se había comportado tan raro ese día.
Martina estaba sentada en el sofá, con los ojos enrojecidos, como si se hubiera pasado horas llorando. A su lado, Salvador le servía agua, atento.
La escena era casi idéntica a la de aquella noche de lluvia unos días atrás.
A Florencia se le torció la boca en una mueca irónica. Lanzó una carcajada seca y dijo:
—Vaya, ahora sí te la trajiste a la casa, ¿eh? Dígame, señor Fuentes, ¿será que ya me puedo hacer a un lado y dejarle mi lugar a esta señorita?
—Hermana, discúlpame, yo...
Martina intentó explicarse entre sollozos, pero Salvador le palmeó el hombro con gesto tranquilizador.
—Tranquila —le dijo—, yo me encargo de hablar con ella.
Florencia no apartó la mirada de su esposo, viéndolo defender a su hermana frente a ella misma. Preguntó, cruzándose de brazos y con una mirada tan filosa que casi cortaba el aire:
—¿Y qué quiere decirme, señor Fuentes?

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