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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 79

La mano de Salvador se alzó, pero antes de que sus dedos rozaran el hombro de Florencia, él mismo la retiró.

—Perdóname —murmuró—. Flor, de verdad, perdóname, yo no sabía lo mucho que significaba esa casa para ti.

—¿No sabías? ¿Con un simple “no sabía” vas a justificar que le diste la casa que era parte de mi dote a otra mujer?

Flor, te lo ruego de verdad, más que escuchar tus disculpas, lo que más quiero es que me dejes en paz.

Florencia se obligó a calmarse, contuvo la respiración y alzó la cara. Sus ojos, todavía llenos de lágrimas, se clavaron en Salvador con una intensidad casi desesperada.

Lo primero que Salvador notó fue el moretón en su frente, y el enrojecimiento en el borde de sus ojos.

De nuevo levantó la mano, y con la yema de los dedos tocó el lagrimal de Florencia.

—Flor, no seas así, vámonos a casa, ¿sí? Lo de la casa te lo puedo reponer.

—¿Reponer? —Florencia soltó una carcajada amarga—. ¿Y con qué me vas a reponer eso? ¿Puedes hacer que mi abuelo vuelva a plantar las rosas para mí?

Las palabras se le atoraron a Salvador. No supo qué responder.

Era obvio. Florencia tampoco esperaba que él dijera nada.

—Tú no puedes —continuó ella—. Entonces, ¿cómo te atreves a hablar de reponer algo?

Salvador, ¿tienes idea de lo que era para mí ese lugar? Eran todos mis recuerdos. Pero tú y Martina lo ensuciaron juntos.

Un nudo se le formó en la garganta a Salvador. Se quedó con las ganas de encender un cigarro, pero al ver la mirada de Florencia, tan fuera de sí, se contuvo.

—Flor, puedo compensarte, de alguna forma encontraremos una solución.

—¿No entiendes lo que te estoy diciendo? Bueno, ahí va más claro todavía: yo nunca he querido compensaciones. Lo que quiero es que te largues.

Desaparece de mi vida.

Salvador, no es solo por la casa. Ahora, cada vez que te veo, siento que me ensucio. ¿Me entiendes?

No quiero volver a verte. El día que decidas firmar el divorcio, entonces hablamos —le espetó Florencia.

El semblante de Salvador se descompuso.

Todavía sentía el calor húmedo dejado por las lágrimas de Florencia en la yema de su dedo.

Intentó cambiar de tema.

—Déjame llevarte al hospital.

Se inclinó para ayudarla a levantarse.

Florencia lo apartó de un manotazo.

—Señor Fuentes, no venga a fingir aquí, yo no soy Martina, tengo manos y pies, no necesito de usted.

Lo único que Florencia quería era cortar cualquier lazo con Salvador.

Pero él, en ese momento, solo podía pensar en el jardín lleno de rosas marchitas y las manchas de sangre seca bajo la luz de la luna.

Se paró frente a Florencia, bloqueándole el paso.

—Ese día… te lastimaste, ¿verdad?

Su figura proyectaba una sombra sobre Florencia, quien por un instante no pudo esquivarlo.

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