—Flor, yo...
—¡Ay, Salvador! ¿Qué haces aquí?
—¿Eh? Florencia, ¿cuándo la encontraste?
La tensión entre Salvador y Florencia se cortaba con cuchillo cuando la voz de Ciro irrumpió de la nada.
El muchacho apareció en la puerta, vestido con una chaqueta de motociclista y el casco bajo el brazo, completamente desentonado con el ambiente del hospital.
Se apoyó en el marco de la puerta, mirando a Salvador con sorpresa fingida.
Sin querer, sus ojos se posaron en Florencia.
Desde que Salvador había entrado al hospital con Florencia, alguien ya había mandado el chisme a Ciro.
En realidad, ni siquiera tenía ganas de aparecerse.
Pero, desde que recibió la noticia, algo en su pecho no lo dejaba en paz.
Ciro pensó que, seguro, era culpa de Edna, la consentida de la familia, que le había dejado un trauma.
No era nada bueno.
—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó Salvador.
A pesar de que el hospital era parte del Grupo Robles, Ciro nunca metía las manos en los negocios familiares, y mucho menos se aparecía por ahí.
Salvador empezó a sospechar.
Recordó que Noah le había contado que una vez también vio a Ciro en el hospital, y hasta mencionó a su supuesta novia...
Ciro notó el gesto de Salvador, que fruncía el ceño dudoso.
—Últimamente no he dormido bien, vine a que me recetaran algo —dijo Ciro, quitándole importancia—. ¿Y tú, Salvador? ¿Qué hacen aquí?
Otra vez, su mirada se clavó en Florencia.
Después de aquel día, no la había vuelto a ver.
Esa mujer que parecía tan frágil como el cristal, hoy estaba de pie al lado de Salvador, con el rostro serio.
A pesar del moretón en la frente y los ojos enrojecidos, mantenía la espalda recta y el mentón en alto, con una dignidad que imponía.
Así era ella siempre.
Ciro la miró, por un segundo dudando si aquella mujer vulnerable de la otra vez no había sido solo imaginación suya.
Mientras Ciro no apartaba los ojos de Florencia, Salvador seguía estudiándolo con desconfianza.
—¿De veras no sabes nada? —le preguntó Salvador.
—¿De qué hablas, Salvador? ¿Por qué sabría yo tus asuntos? —Ciro fingió desconcierto.
Salvador no respondió. Todo le resultaba demasiado sospechoso.
Ciro intentó desviar el tema:
—¿Entonces ustedes ya se reconciliaron?
Lo preguntó como al pasar, sin mucha curiosidad, solo para despistar.
—Ajá.
—Para nada.

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