—Eso no es nada importante, anda, come algo —evadió Salvador cuando salió el tema de Facundo.
Él decía que no era gran cosa, pero para Florencia, aquello pesaba como una losa.
Florencia no dejaba de insistir, y mientras más Salvador esquivaba el tema, más convencida estaba ella de que ahí había algo raro.
Desde que llegó como nuera a la familia Fuentes, las habladurías de los demás seguían retumbando en su cabeza, y ahora Florencia tenía la mente hecha un lío.
Al final, ante la insistencia de Florencia, Salvador terminó por entregarle los registros de las transferencias a Facundo.
—Ya te dije que no es para tanto, no tienes por qué preocuparte tanto —le soltó, dejando los papeles sobre la mesa.
Florencia ya ni escuchó lo que siguió diciendo.
Se quedó mirando los registros, atónita. Desde el primer mes que se casó con Salvador, incluso cuando apenas y se habían tratado, él ya le estaba enviando dinero a Facundo.
Una sola vez, treinta millones. Todo un año, más de trescientos millones, casi igualando la dote altísima de la boda.
Y eso solo era lo que se transfería cada mes, en automático.
Había también muchas transferencias menores, de varios millones o cientos de miles, en fechas nada claras, pero que sumadas no eran poca cosa.
Florencia sintió que el peso de todo eso no la dejaba ni respirar.
Ella había recurrido a la familia Fuentes en su peor momento para cumplir el compromiso que su abuelo había hecho con ellos.
Pero ahora, ¿qué sentido tenía todo esto?
Le vino a la mente la frase que Álvaro le había soltado justo después de la boda, con ese tono burlón.
Álvaro había dicho: —Los que crecen fuera son de otro mundo, ¿no? Hasta para casarse traen un pozo sin fondo a la casa. ¿Qué, creen que el dinero de la familia Fuentes cae del cielo?
Antes, escuchar esa clase de comentarios de Álvaro solo la llenaba de vergüenza y rabia.
Pero ahora, lo veía con claridad: la familia Fuentes no solo la había recibido a ella, sino también a un agujero negro de dinero.
Levantó la vista y volvió a mirar a Salvador.
Él, del otro lado de la mesa, la miraba con resignación.
—Ya lo viste. Mejor come algo —le dijo, y de paso, retiró su celular. Esta vez, Florencia ni intentó detenerlo.
—¿Por qué le mandas tanto dinero? —preguntó ella—. La familia Fuentes no le debe nada, Salvador. ¿Estás loco o qué?
—Flor...
—Quiero la verdad —insistió Florencia.
Se llevó la mano al pecho, intentando calmar su propio desasosiego.

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