En su matrimonio, Salvador siempre salía temprano y regresaba muy tarde; a veces pasaban diez días, hasta medio mes, sin que pusiera un pie en casa. La primera vez que le transfirió dinero a Facundo, ni siquiera habían cruzado más que un par de palabras.
Florencia repasó mentalmente la situación y se dio cuenta de que apenas en los últimos dos meses Salvador había dejado de estar tan ocupado, y solo entonces empezaron a convivir un poco más.
—Eso fue para mi suegra —añadió Salvador, sin mucha emoción.
Florencia pensó que hubiera sido mejor que no dijera nada.
—¿Acaso conoces a mi mamá? —le soltó, con una mezcla de rabia y cansancio.
Salvador guardó silencio. La verdad era que nunca había visto a la madre de Florencia.
Cuando él regresó a la familia Fuentes, Juliana ya había sido internada por Facundo en un centro de reposo.
Florencia no necesitaba que él respondiera. Ella misma lo sabía. Al final, fue en esa época oscura de su vida cuando terminó enamorándose de Salvador.
Respirando hondo, Florencia volvió a la carga:
—Ni siquiera la conoces, y aun así, señor Fuentes, eres capaz de soltar treinta millones de pesos de “ayuda” para su manutención. Qué generosidad la tuya, ¿eh? Pero dime, ¿tienes idea de que ni un solo peso de ese dinero le llega a mi mamá? Salvador, de veras que eres un tarado. Te engañan con dos palabras y te sacan cientos de millones. ¿Por qué eres tan ingenuo?
—Flor...
Salvador la miró, confundido. No comprendía por qué Florencia se alteraba tanto.
Sí, fue él quien le mandó el dinero a Facundo. Pero al fin y al cabo, Facundo era el papá de Flor. Ya la había convertido en su esposa; en el mundo de los negocios, jamás mezclaría asuntos personales, pero a su juicio, dar dinero a los padres de su esposa era lo más normal.
Por más que Facundo pidiera de más, él podía permitírselo. No le veía el problema ni pensaba discutirlo.
Suspiró. Iba a decirle a Florencia que no se preocupara, pero ella, ya de pie y señalando la puerta, lo interrumpió:
—Salvador, salte. Ahora no quiero verte.
—Flor...
—Que salgas, quiero estar sola. Luego, ya más tarde, te busco y platicamos, ¿va?
Florencia sentía la cabeza hecha un lío. No entendía cómo alguien podía ser tan descarado como Facundo: por un lado, le exigía a ella que presionara al abuelo para que le cediera acciones de la empresa, y por el otro, a escondidas, le sacaba dinero a Salvador cada vez que podía.
Por mucho caos que hubiera entre ella y Salvador, la verdad era que la familia Fuentes, el Grupo Fuentes, no le debía nada a ella.
En lo sentimental, podía decir que tenía la ventaja, ¿pero y el dinero, y los intereses? Todo estaba tan enredado que no sabía cómo sentarse frente a Salvador para hablar de divorcio como debía ser. Mucho menos cómo pararse ante su abuelo.
Salvador no quería irse, pero al ver el ánimo de Florencia, no le quedó de otra que levantarse. Antes de salir, murmuró:
—No te olvides de comer.
Florencia mantuvo la cabeza agachada, ocultando el rostro entre las manos.

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