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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 98

—De quien quiero hablar no es de él, sino de tu madre, Flor. Tú quieres llevártela, ¿verdad? Pero ella depende demasiado de tu papá. Ahora mismo no tienes cómo sacarla de la familia Villar —Salvador puso en palabras el dilema de Florencia sin rodeos.

Florencia apretó los labios, la mirada le brilló, pero no le llevó la contraria.

—Yo puedo ayudarte a sacarla de ahí, conseguirle al mejor psicólogo —añadió Salvador—. Tú…

—¿Señor Fuentes, está usando a mi mamá para obligarme a ceder? —interrumpió Florencia.

Se llevó la mano al pecho, sintiendo una oleada de repulsión subirle por dentro.

—Te equivocas —replicó Salvador—. Lo único que quiero es una oportunidad para reparar lo que hice, Flor. Prométeme que no dejarás de verme. Te lo voy a demostrar.

Florencia apretó el bolso con tanta fuerza que le marcó los dedos en la piel del cuero. Por primera vez en mucho tiempo, levantó la mirada y se quedó viendo a Salvador con seriedad.

Él también la miraba, y luego insistió:

—Flor, confía en mí una vez más, ¿sí?

—¿Por qué? —Florencia preguntó, la voz apenas sostenida—. Salvador, tú no me amas. ¿Por qué insistes en retenerme? ¿Solo por ese contrato, por la herencia?

Ya te dije, puedo darte tiempo, puedes buscar la forma de anular el acuerdo. ¿Eso no te basta?

—Eso no tiene nada que ver —contestó Salvador. Miró los ojos serenos de Florencia y recordó la primera vez que logró entrar en ese círculo, desde la esquina, espiando cómo su vestido blanco se alzaba al andar.

El silencio se instaló entre los dos, largo y denso. Cuando Florencia creyó que no obtendría respuesta, escuchó a Salvador decir, con una certeza que la desarmó:

—Porque te quiero para mí.

Desde la primera vez que te vi.

Cuando entró a ese mundo de prepotentes y fue tachado de oportunista, de basura, él ya había puesto los ojos en la joya más brillante y orgullosa.

La consentida de Gonzalo.

Mientras los demás lo menospreciaban, a ella la trataban como reina.

Desde entonces, él lo tuvo claro.

Entró a ese círculo sin intención de pasar desapercibido; el poder, el dinero y Florencia, todo eso era lo que buscaba.

Como un dragón que acecha un tesoro, no porque lo ame, sino porque necesita poseerlo.

Alguien que ha escalado desde abajo necesita adornos para tapar su pasado.

Para Salvador, Florencia siempre fue eso.

Florencia, ajena a ese torbellino de pensamientos, solo entendió lo que le convenía: puro orgullo masculino.

—Nada —contestó Salvador, apartando la vista de golpe. La incomodidad desapareció, y volvió a su actitud apática y lejana, tal como Florencia la recordaba.

Florencia masticó dos pedazos de carne, pero no le supieron a nada. Observó a Salvador comer con elegancia y preguntó:

—¿De verdad puedes sacar a mi mamá de la casa de Facundo? Últimamente está peor, solo vive para él. ¿Estás seguro de que puedes…?

No terminó la frase.

Sacar a Juliana a la fuerza era fácil; lo difícil era que, una vez afuera, no le diera por buscar la muerte.

Eso volvería inútil todo esfuerzo.

La esperanza que había sentido se fue apagando. Florencia picó la carne restante en su plato.

—Déjalo así, es demasiado arriesgado. No puedo jugarme esa carta, Salvador. Este trato no va, hasta aquí llegamos.

—Flor, te lo voy a demostrar. Si lo logro, me das la oportunidad de compensarte, ¿sale?

—Que mi mamá no sufra —advirtió Florencia.

Su actitud se suavizó un poco, y Salvador dejó escapar un suspiro de alivio.

—¿Vas a regresar a Jardines de Esmeralda en un rato? —preguntó.

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