Tanto Camilo, que era un niño rico con algo de dinero, como el asqueroso nuevo rico de Humberto, le habían dejado un trauma terrible.
Esas dos experiencias solo habían empeorado su imagen sobre los hombres con poder adquisitivo.
Alguna vez creyó que Camilo era diferente a los típicos juniors mujeriegos que solo jugaban con los sentimientos de las mujeres. Se equivocó.
Tras decir todo eso, Johana cortó la llamada y arrojó el teléfono dentro de su bolso.
Giró la cabeza hacia la ventana, observando el tráfico de la ciudad, con un nudo de fastidio en la garganta.
—¿Odias a los ricos? —La voz profunda del hombre rompió el tenso silencio del auto.
Johana reaccionó, recordando de golpe que Fabrizio seguía ahí.
—No es que tenga resentimiento social. Es solo que mi madre está obsesionada con venderme a un millonario mayor, y no le voy a dar el gusto.
Fabrizio respondió en un tono reflexivo:
—En realidad, tu madre no está tan equivocada. En este mundo, el dinero te facilita muchas cosas...
Johana lo interrumpió con seguridad.
—No. La mayoría de los hombres con dinero son egoístas de manual. Ven a las mujeres como si fueran ropa de temporada: las usan un rato y cuando se aburren, las cambian.
Fabrizio se quedó en silencio. Su expresión se ensombreció un poco y ya no dijo una sola palabra.
...
A las afueras de los viejos edificios donde vivía la familia Estrada.
Un hombre hablaba con un tono cargado de preocupación.
—Zoecita, ¿segura que no quieres ir a ver a un doctor por tu pie?
La chica le respondió con una voz dulce y empalagosa:
—No hace falta, Cami. Con solo verte se me quita todo el dolor.
Y tras decir eso, se puso de puntitas y le dio un beso sonoro en la mejilla.
El hombre, encantado con la atención, le dio una palmadita cariñosa en la retaguardia.
—Bueno, sube ya. Tengo que regresar a la oficina a una junta.
La chica hizo un puchero y se aferró a su cintura, negándose a soltarlo.
—Pero Cami... no quiero separarme de ti...
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