Johana soltó una carcajada amarga y no dijo nada más.
No tenía sentido intentar hacerle ver la realidad. A lo mejor al muy estúpido le encantaba que lo manipularan y lo hicieran sentir el salvador del cuento.
Mientras murmuraba que era imposible que Zoe mintiera, Camilo dio media vuelta y salió corriendo del lugar.
Iba camino a la universidad para ver con sus propios ojos a su pobre novia lastimada, convencido de que no lo estaba engañando.
En cuanto a Johana, se iba tranquilo.
Sabía que ella tenía gustos exigentes y que jamás le haría caso a un tipo como ese.
En cuanto Camilo desapareció, Humberto, que había estado observando todo el drama, recuperó el habla.
—Señorita Estrada, ese era su ex, ¿verdad? Y por lo que escuché... ¿la engañó con su propia hermana? Qué tipo tan despreciable. Los hombres tan inestables no valen la pena. Un hombre maduro y leal como yo le conviene muchísimo más...
Cuando Johana lo había rechazado antes, Humberto se había sentido humillado.
Pero al ver la clase de basura con la que la chica había estado lidiando, su enorme ego volvió a inflarse.
¿De qué servía un niño bonito si a la primera de cambio se iba con otra? Un hombre como él, con los pies en la tierra, era el verdadero premio.
Mientras hablaba, su mano regordeta se arrastró por la mesa hasta tocar la suave piel de Johana...
Con razón a los hombres les volvían locos las jovencitas. Esa tez de porcelana, esa piel tan suave... era suficiente para que cualquiera perdiera la cabeza.
Al sentir ese roce asqueroso, el estómago de Johana dio un vuelco. Retiró la mano de golpe y lo miró con furia.
—Señor Salinas, le exijo respeto.
—La cita termina aquí. Como ya le dije, no me interesa.
Al ver que Johana tomaba su bolso para irse, Humberto entró en pánico.
—¡A dónde crees que vas! Tu madre ya me cobró, ahora eres mía... —Los dedos ásperos del hombre acariciaron su piel descubierta mientras la devoraba con la mirada.
—¡Suélteme! —gritó Johana, con el rostro rojo de ira y asco. El contacto de ese hombre y su mirada lasciva le daban ganas de vomitar.
Jamás se imaginó que ese viejo rabo verde y asqueroso se atreviera a tocarla en un lugar público.
Pero, en menos de un segundo, una mano grande y firme apareció de la nada, agarrando la muñeca de Humberto y doblándola hacia atrás con brutalidad.
Se escuchó un crujido espeluznante. Un hueso roto.
Un grito agónico desgarró la garganta de Humberto.
—¡Aaaaaah! ¡¿Qué demonios?! ¡¿Quién te crees que eres?!
Levantó la vista y se encontró con un hombre altísimo, de rostro impecable y mirada asesina.

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