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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 117

Gisela estaba sentada en la banca del hospital, envuelta en ropa gruesa que la hacía ver aún más pequeña y frágil. Se recargaba contra el respaldo, con la mano izquierda reposando en el apoyabrazos, y de la parte superior de la mano salía una aguja conectada al suero.

Aitana no se despegaba de ella ni un segundo. Le alcanzaba bebidas calientes, le traía agua, se aseguraba de que no le faltara nada. Cada gesto era una muestra de cariño y preocupación.

La voz de Gisela sonó ronca y baja, casi como un susurro:

—Mamá, ya siéntate un rato, ¿sí?

Aitana le tomó la mano derecha, la que no tenía el suero, y la apretó entre las suyas. No dejaba de frotarle los dedos, con el dolor reflejado en los ojos y en la frente arrugada por la angustia.

Cuando terminó la botella de suero, Gisela abrió los ojos y ya no vio a Aitana por ningún lado. No supo a dónde se había ido, pero la ausencia de su madre hizo que todo el hospital se sintiera más frío y lejano.

Pidió a la enfermera que le cambiara la bolsa de suero, y después empujó el soporte para buscar el baño.

El área del hospital donde se encontraba era exclusiva para tratar casos de gripe, y justo en esos días había una ola fuerte de contagios. El lugar estaba repleto de pacientes, y los baños no eran la excepción.

Al ver la larga fila frente al baño, Gisela suspiró. No le quedó más remedio que buscar en otra parte.

Recorrió con el soporte de suero el pasillo, y llegó a otro baño en la misma planta. Pero ahí también había una fila interminable.

Resignada, se dirigió a otro piso. Solo después de subir y bajar dos niveles, encontró un baño sin gente esperando.

Estaba tan concentrada en llegar que no notó que uno de sus agujetas se había desatado y colgaba floja sobre el piso. Al dar el siguiente paso, pisó el lazo suelto. Sus piernas apenas le respondían, después de pasar la noche anterior de rodillas durante horas. Por poco y se va de bruces.

Solo logró evitar la caída porque, instintivamente, se apoyó con la mano libre contra la pared.

Sentía la fiebre ardiéndole la frente y la mente nublada. Se quedó quieta unos segundos, hasta que el mareo y las náuseas disminuyeron un poco.

Cuando por fin pudo abrir los ojos del todo, vio el cordón desparramado en el piso y frunció el ceño, molesta.

Solo tenía una mano libre, la derecha, porque la otra seguía conectada al suero. Trató de acomodar el cordón como pudo, pero no lograba hacer el nudo. Al final, solo lo metió como pudo dentro de la zapatilla, con la esperanza de que no se saliera.

Mientras los miraba, Gisela tenía todavía los dedos atorados en el zapato, intentando meter el cordón entre la tela y el pie. Luchó un buen rato, pero cada vez que creía haberlo logrado, el cordón volvía a salirse.

Intentó una y otra vez con la mano derecha, pero el resultado era igual: el cordón terminaba desparramado en el piso, como si se burlara de ella.

Sintió una mezcla de enojo y frustración. Se sentía impotente.

Nelson y Romina no apartaban la mirada de ella. Había algo en sus ojos: calma, pero también un dejo de burla tan sutil que dolía.

Ambos llevaban ropa tan costosa que, sumando las prendas, seguro superaba los cien mil pesos. Lucían orgullosos, impecables, los dos con ese aire de quienes nacen en una familia importante. Parecían sacados de una novela romántica, él y ella, los protagonistas perfectos.

En cambio, Gisela apenas si había tenido fuerzas para levantarse esa mañana. Despertó con fiebre, ni siquiera se lavó la cara, ni se cepilló los dientes, ni se peinó. El cabello enredado era un desastre en la coronilla y traía puesta la ropa arrugada de la noche anterior. Había salido corriendo hacia el hospital sin importar su aspecto.

No podía estar más desarreglada. En la historia de Nelson y Romina, ella no era más que la extra, la que nadie notaría aunque la pusieran en medio de una multitud.

Una oleada de vergüenza le subió a la cara. Nadie la había abofeteado, pero sentía las mejillas ardiendo, hinchadas de pura humillación. Era esa clase de calor incómodo que solo se siente cuando uno desearía desaparecer.

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