No tenía fin, de verdad, esto no acababa nunca.
Por otro lado, a Gisela también le convenía dejar claro que no tenía nada que ver y limpiar su nombre de una vez.
Aitana, al escuchar la palabra “policía”, de inmediato empezó a alterarse:
—¿Cómo que a la policía? Nosotros no sabemos nada, no vengas con esas cosas a querer engañarme.
Gisela no le había contado aún a Aitana lo que había pasado la noche anterior, así que ella no tenía idea de lo grave que era el asunto.
Gisela tomó la muñeca de su madre con cuidado:
—Mamá, voy a arreglar esto y regreso, no te preocupes, no va a pasar nada.
El entrecejo de Aitana se marcó de preocupación:
—¿De qué hablas? ¿Por qué la policía te busca? ¿Qué está pasando?
Gisela la tranquilizó, dándole palmaditas en el dorso de la mano:
—Mamá, de verdad no pasa nada. Cuando vuelva te explico todo, ¿sí? Yo sé que no hice nada malo.
Al terminar, se volvió hacia Nelson. Sus ojos, llenos de claridad, no mostraban ni un atisbo de miedo.
—Me voy contigo.
...
Después de subir al carro de Nelson, no hubo sorpresas: la llevó directo a la delegación.
Ahí, Gisela cooperó con la policía y respondió a todas las preguntas que le hicieron.
Uno de los agentes, al escuchar que ella y Óscar casi no se conocían, levantó la ceja:
—Pero Óscar dice que son muy cercanos.
Gisela se mantuvo tranquila:
—¿Qué pruebas tiene? Apenas he cruzado palabra con él, todos mis compañeros pueden confirmarlo.
El policía le lanzó otra pregunta:
—Entonces, ¿niegas que lo hayas instigado a hacerle daño a Romina?
La respuesta de Gisela fue tajante:
—Claro que lo niego.
El agente asintió y no dejó de anotar cosas en su libreta.
—Óscar nos dijo que tú estabas celosa de Romina y que por eso le pediste que la molestara.
Gisela ni parpadeó, su voz sonó serena:
—¿Y las pruebas?
El policía suspiró, como resignado:
—A decir verdad, no hay ninguna. Pero él insiste en que está enamorado de ti, que haría cualquier cosa solo por complacerte.
Gisela solo repitió:
Mientras hablaba, Nelson y los demás policías seguían atentos a cada palabra.
Gisela dejó escapar una sonrisa irónica:
—¿Quién te pidió que hicieras esto? ¿Joaquín? ¿O fue Romina?
Óscar levantó la cabeza de golpe, los labios temblando:
—Fuiste tú quien me lo pidió.
Los dos hablaban como si estuvieran en mundos distintos.
Gisela reviró:
—¿Y si pido que revisen las cuentas bancarias de tus papás, o de tus amigos y parientes? Seguro así sale la verdad.
Óscar se alteró, la voz a punto de quebrarse:
—¡Ellos no tienen nada que ver! ¡Déjalos en paz!
Gisela lo ignoró, soltando una risa casi burlona:
—¿Así que acerté?
Qué fácil era hacer que los niños se delataran con apenas unas palabras.
Gisela continuó:
—¿Solo para decirme eso querías verme?

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