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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 123

Gisela observaba cómo aquella mujer y Romina se repartían los papeles: una la atacaba con palabras dulces y la otra sin piedad, como si quisieran pisotear su dignidad y su nombre hasta el fondo.

Frunció los labios y, con una chispa de ironía en la mirada, replicó:

—Si este caldo de pollo es tan valioso, mejor no lo tomo. Que se lo quede todo la señorita Romina.

—No te preocupes por mi salud, ya casi me recupero. Lo importante es que la señorita Romina cuide bien a su bebé.

Romina sonrió, acariciándose el vientre con aire satisfecho:

—Claro, voy a tener un hijo sano y fuerte.

Gisela asintió con serenidad:

—Entonces, me retiro.

En el rostro de Romina apareció una expresión de aparente tristeza:

—¿Gisela, no vas a tomarlo?

De repente, la voz grave de Nelson resonó desde la entrada:

—Gisela.

Sin detenerse, Gisela vio de reojo cómo un grupo de empleados cerraba el paso en la puerta.

La voz de Nelson, ahora cargada de advertencia, retumbó en la sala:

—¿No dije ya que no pusieran en aprietos a Romina?

Al ver la actitud intimidante de los empleados, Gisela giró sobre sus talones. Se acercó a la mesa, tomó el tazón de caldo de pollo y, con decisión, lo bebió de un solo trago hasta dejarlo limpio.

Al terminar, giró el tazón boca abajo para que todos pudieran ver que no quedaba ni una gota.

Miró a Nelson con una calma absoluta y le preguntó:

—¿Así está bien?

Dejó el tazón sobre la mesa con firmeza.

—Supongo que ahora la señorita Romina ya no se sentirá incómoda ni presionada, ¿no? ¿Puedo irme por fin?

La sonrisa de Romina se congeló de inmediato, como si la hubieran golpeado con una cubetada de agua helada.

Cuando vio a varios hombres esperando en una esquina del fraccionamiento, sus sospechas se confirmaron.

Había algo en ese caldo de pollo.

El corazón le latía con fuerza, la respiración se le agitaba y sentía que el cuerpo le ardía como si la hubieran metido en un horno. Todo a su alrededor comenzó a girar y las imágenes se le desdibujaban.

Vio cómo esos hombres se acercaban a ella.

Se apoyó en la pared y, tambaleándose, intentó regresar por donde había venido.

Detrás de ella, los pasos de los hombres se volvieron más rápidos, golpeando el suelo con fuerza.

Pero ella llevaba el cuerpo débil por el efecto de lo que le habían dado, y además seguía adolorida de las rodillas por lo de la noche anterior. No tenía oportunidad contra esos tipos altos y fornidos.

En un parpadeo, los hombres ya la habían alcanzado por la espalda. La sujetaron por los hombros, la cintura y las piernas, tratando de arrastrarla hacia un rincón oscuro.

La cercanía era tal que Gisela alcanzó a oler el sudor rancio que desprendían, lo que casi la hizo vomitar.

Desesperada, luchó con todas sus fuerzas, pateando con furia a quien tuviera más cerca.

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