Nelson observaba con una mirada impasible cómo Gisela actuaba sin control, su expresión y movimientos no delataban emoción alguna.
Solo las finas gotas de sudor en su frente lo traicionaban.
Gisela sollozaba, —Me siento muy mal... muy mal...
En todo momento, ella aferraba con fuerza la manga de Nelson, impidiéndole alejarse siquiera un instante.
Nelson cerró los ojos, inhaló profundo y, al abrirlos de nuevo, logró contener el deseo que casi se le escapaba por la mirada.
Con decisión, tomó la mano de Gisela y la apartó de su brazo, su voz sonó grave y pesada.
—Te voy a llevar al hospital ahora mismo.
Gisela rompió en llanto aún más fuerte.
—¡No quiero!
En ese instante, ella se soltó de su agarre, ignorando por completo el cinturón de seguridad, y se lanzó hacia él como si se le fuera la vida en ello.
—Quiero...
Nelson la sostuvo, sintiendo su cuerpo tibio y tembloroso, pero se obligó a no devolverle el abrazo. Mantuvo los ojos cerrados, aguantando las acciones impulsivas de Gisela sobre él.
Gisela, con la mente nublada y las manos temblorosas, se aferraba a la orilla de la camisa de Nelson.
De rodillas sobre el asiento trasero, ella buscaba su rostro con los labios, besándolo torpemente una y otra vez.
Nelson resistió durante mucho tiempo.
Cuando por fin abrió los ojos, un destello rojizo cruzó la esquina de su mirada.
Sus ojos oscuros fulminaron a Gisela, que no paraba de provocarlo.
—Gisela, es la última vez que te advierto.
—Aléjate de mí.
A pesar de sus palabras, Nelson levantó lentamente los brazos y terminó por abrazar el cuerpo de Gisela, que caía sobre él.
El sudor corrió por su frente.
—Gisela, si haces esto, no vas a poder con las consecuencias cuando despiertes.
Pero Gisela ya no escuchaba nada. Seguía acercándose, decidida.
De pronto, Nelson la sujetó de la cintura con firmeza y la tumbó sobre el asiento, cubriéndola con su cuerpo ancho y fuerte.
Recordaba que Nelson le había levantado la ropa.
Después de eso, nada.
¿Ella y Nelson...?
Con la respiración entrecortada, Gisela se aferró a las sábanas, sintiendo cómo los latidos le sacudían el pecho.
Se quitó las sábanas de encima, y sin ponerse las sandalias, corrió al baño de la habitación.
En el espejo, vio su reflejo con la bata de hospital.
No hacía falta desvestirse para notar las marcas rojas en su cuello, tan evidentes como flores rojas sobre nieve.
Apretó los puños, y luego, temblando, desabrochó la bata.
Lo que vio debajo la hizo cerrar los ojos de inmediato y cubrirse de nuevo.
En su vida anterior, no era una chica inexperta, así que pudo deducir que entre ella y Nelson no había llegado a pasar lo peor.
Eso la ayudó a conservar la calma, evitando que fuera a reclamarle a Nelson de inmediato.
Sin embargo, aunque no llegaron al final, las marcas que él le dejó eran suficiente motivo para sentirse incómoda.

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