Gisela pasó unos días en absoluta calma: ir a la escuela, estudiar, regresar a casa. Todo era tan rutinario que hasta el silencio parecía pesar en el aire. Sin embargo, en su salón, el ambiente se sentía denso, como si una nube oscura flotara sobre todos.
No era para menos: todos se habían enterado de que Óscar, el chico que siempre se había mostrado tan recto, había terminado en la cárcel por acosar a una mujer inocente. La noticia desconcertó tanto a sus compañeros como a los maestros, nadie podía creerlo.
Gisela y Delia conocían la verdad detrás de todo eso, pero prefirieron guardar silencio.
Unos días después, se cumplió lo que Joaquín había prometido: mandó a alguien a sacar las cenizas de la mamá de Óscar. Por suerte, Gisela acababa de recibir quinientos mil pesos de la familia Tovar y, gracias a que la verdad salió a la luz, Nelson también quiso compensarla y le transfirió cien mil pesos más.
Con ese dinero, Gisela eligió una tumba sencilla para la madre de Óscar en el cementerio del poniente de la ciudad. No era nada ostentoso, pero al menos ahora la señora podía descansar en paz, sin temor a que la echaran de nuevo.
Después de eso, ella y Delia regresaron a la comisaría para ver a Óscar.
Óscar, esposado y cabizbajo, se inclinó profundamente hacia ella.
—Gracias.
Al día siguiente, lo trasladaron a prisión para que cumpliera su condena de cuatro meses por acoso, mientras que Joaquín, tal como había advertido, salió impune a pesar de las pruebas en su contra.
Por fin, durante varios días, la vida de Gisela se mantuvo tranquila, sin más problemas ni sobresaltos.
Hasta que una grabación de seguridad llegó a manos de Romina.
La imagen era borrosa, pero en una esquina del video, se veía a Nelson cargando a una mujer y caminando con paso firme hacia el centro del cuadro, donde lo esperaba un lujoso carro.
Romina abrió los ojos de par en par.
Reconocería a esa mujer aunque se transformara en polvo: era Gisela.
En la grabación, Nelson abría la puerta trasera del carro y empujaba a Gisela al asiento trasero, luego se incorporaba él mismo. Romina apenas suspiró aliviada, pero en ese momento vio cómo Gisela extendía los brazos desde el asiento trasero y abrazaba a Nelson por la cintura, pegándose a él con desesperación.
El rostro de Romina se puso lívido.
Nelson intentó apartarla, pero Gisela no se dio por vencida y siguió aferrada a él.
El odio brilló en los ojos de Romina.
—¿Cómo se atreve Gisela? ¿Cómo se atreve a hacer algo así?
En medio del forcejeo, la blusa de Gisela se deslizó por su hombro, dejando al descubierto su piel delicada.
Gisela levantó los brazos y los pasó alrededor del cuello de Nelson.
Nadie pudo escuchar lo que Gisela le dijo, pero, de repente, Nelson se quedó inmóvil y permitió que ella hiciera lo que quisiera.
Romina vio claramente cómo los labios de Gisela rozaban el cuello de Nelson, besándolo con devoción.
De pronto, Nelson reaccionó, tomó a Gisela de la cintura y la recostó contra el asiento.
Después, la puerta del carro se cerró de golpe.
Lo que sucedió dentro nadie lo supo, pero la carrocería del lujoso vehículo se movía de un lado a otro, dejando poco a la imaginación...
El rostro de Romina se desfiguró de rabia, y sus ojos, antes hermosos, ahora brillaban con una malicia brutal.
Temblando, tecleó unas palabras en su celular.
El estrépito retumbó en sus oídos.
De repente, Romina se estremeció.
No podía dejar las cosas así. Necesitaba respuestas.
Saltó de la cama y recogió los restos del celular, cuya pantalla ya era solo un mosaico de grietas.
Intentó prenderlo varias veces, pero el aparato estaba tan destruido que ni siquiera respondía.
Romina apretó el botón una y otra vez, hasta que la paciencia se le acabó.
Soltó un grito y lanzó los restos del celular otra vez, esparciendo los pedazos por toda la habitación.
—¡Gisela, te juro que no voy a dejar esto así!
…
—Toc, toc, toc.
Del otro lado de la puerta, la voz vacilante de una empleada la llamó.
—Señorita Romina, ¿necesita algo?
Romina se quedó quieta un momento, respiró hondo para calmar la furia y forzó una sonrisa, respondiendo con una voz tan suave como pudo.
—No, estoy bien. No se preocupen por mí.

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