Gisela esperaba en la sala de descanso y, aunque estaba alejada del escenario, el estruendo de los aplausos y gritos tras la aparición de Romina llegaban tan claros que parecía que la pared no existía. Cada uno de los concursantes sintió cómo el ambiente vibraba con la fuerza de esa ovación.
Alguien murmuró con asombro:
—¿Todos esos gritos son para Romina? ¡Qué fuerte!
—¿Y tú qué crees? Romina tiene tantos seguidores que podría ser una estrella del espectáculo con solo chasquear los dedos. No es broma, en Twitter tiene ya más de diez millones de seguidores.
Por un instante, el ambiente en la sala se congeló. El eco del público seguía creciendo, y si uno prestaba atención, podía distinguir cómo coreaban el nombre de Romina. Daba la impresión de que, cuanto más alto gritaban, más cerca estaba Romina de llevarse el título.
Lo más curioso era que sus fans no solo eran apasionados, sino también considerados. Cuando el jurado pidió silencio usando el micrófono, la multitud se aquietó al instante. Ya durante la interpretación de Romina, nadie volvió a gritar ni aplaudir fuera de tiempo; la sala entera se sumergió en un silencio casi reverente.
Gisela bajó la mirada, una mueca sarcástica asomó en sus labios.
—Mientras más gente, mejor —pensó—. Hoy me voy a divertir.
Decidió concentrarse y escuchar con atención la pieza de piano que interpretaba Romina. La melodía tenía un vaivén que atrapaba, llena de emociones y cambios de ritmo. Sumado a la técnica impecable de Romina, era innegable que había logrado una presentación brillante.
Era obvio: apuntaba directo a la corona.
Romina optó por tocar una composición propia.
Gisela no pudo evitar reír en silencio. Conociendo el nivel de Romina, estaba segura de que esa canción no la había compuesto ella. ¿De quién se la habría robado esta vez? ¿Un compositor anónimo o alguna chica inocente?
El final de la interpretación desató una oleada de aplausos. Gisela levantó la cabeza y miró hacia el escenario, justo entre la zona del jurado y el público, desde su esquina en la sala de descanso.
Los asistentes aplaudían con tal entusiasmo que parecía que les dolían las manos. Algunos incluso se levantaron, agitando los brazos y gritando el nombre de Romina.
En primera fila, Nelson, siempre con ese semblante firme y penetrante, ahora mostraba un gesto suave y cálido. Sus intensos ojos negros no se apartaban del escenario y, con una sonrisa leve, aplaudía con emoción.
En sus brazos tenía un ramo de rosas azules, envuelto con esmero y brillando con pequeñas luces decorativas, que hacían que las flores lucieran aún más llamativas.
Gisela también aplaudió, manteniendo la mirada tranquila. Observó cómo Romina bajaba del escenario, abriéndose paso entre los vítores, hasta llegar frente a Nelson. Su sonrisa era radiante cuando recibió el ramo y lo abrazó con fuerza.



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