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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 278

No pasó mucho tiempo antes de que Romina entrara al lugar, abrazando un enorme ramo de rosas azules.

A diferencia de las rondas anteriores, esta vez ninguna de las otras concursantes se acercó a felicitarla ni a decirle palabras bonitas. Al contrario, todas la ignoraron por completo, con el rostro serio, como si Romina fuera invisible.

A Romina no parecía importarle en lo más mínimo. Su sonrisa seguía pintada de confianza y cierto aire de superioridad. Sus tacones resonaban fuerte sobre el piso, y ese sonido se hacía más evidente en el silencio que reinaba en la sala de espera, pero a ella no le preocupó ni tantito.

Gisela la observó mientras Romina se acercaba, tacón tras tacón, hasta pararse justo frente a ella.

Gisela solo la miró, sin decir nada.

Romina sonrió de lado, y con una voz que destilaba seguridad y orgullo, soltó:

—Gisela, vi que me aplaudiste. Gracias por ese gesto.

—No hay de qué —contestó Gisela, tranquila.

Romina soltó una risita y de inmediato cambió el tono, levantando las cejas con picardía:

—Aunque no creo que hoy tenga tiempo de aplaudirte a ti. Nelson y yo tenemos que salir un momento después.

Dicho esto, Romina puso una expresión de vergüenza fingida.

—Ya sabes cómo es esto.

Miró alrededor, con una sonrisa enigmática.

—Estoy embarazada, y aquí hay demasiada gente, el ambiente es pesado. Nelson está preocupado por mí y el bebé, así que reservó la habitación de al lado para que pueda descansar. En un rato me voy para allá.

Bajó la cabeza para aspirar el aroma de las rosas que llevaba. Sus ojos reflejaban satisfacción y vanidad.

—Estas flores me las regaló Nelson. Son noventa y nueve, ¿a poco no están hermosas?

Sacó una de entre el ramo y se la acercó a Gisela, acompañando el gesto con una sonrisa.

—Quiero regalarte una, para pasarte mi buena suerte.

Gisela la miró en silencio, sin responder ni extender la mano para tomar la flor.

De reojo, notó que Romina le estaba ofreciendo la más pequeña de todas.

Gisela se forzó una sonrisa.

—No hace falta, señorita Romina, es mejor que las conserve usted. Imagínese que de verdad me llevo su suerte y luego se molesta.

La mirada de Romina se endureció por un instante, pero rápidamente soltó una carcajada y, sin pedir permiso, arrojó la flor sobre el regazo de Gisela.

—Llévatela. No solo Nelson me regala flores, mis fans también lo hacen. Tengo muchas, tú ninguna. Se ve triste, así que te regalo una, nada más.

Gisela la observó sin decir ni una palabra.

Cuando Romina se disponía a irse, Gisela agitó la mano y dejó que la rosa azul rodara hasta el suelo.

—Señorita Romina, creo que es mejor que no. —Gisela fingió sorpresa, soltando un pequeño grito—. Ay, se me cayó sin querer. Mejor recójala usted misma.

—Otra vez Gisela… ya me cansó…

Gisela sabía bien que la mayoría del público eran fans de Romina, y que tras los pleitos que había tenido con ella en internet, era lógico que no quisieran verla triunfar.

Sin inmutarse, Gisela saludó con una leve reverencia a los jueces y se sentó en el banco del piano.

Echó un vistazo hacia el personal tras bambalinas, y uno de ellos le hizo señas de que todo estaba listo.

En esta final, detrás del escenario se encontraba una pantalla gigante, donde los concursantes podían elegir proyectar videos relacionados con sus piezas musicales o cualquier material especial que hubieran preparado.

La mayoría prefería no usar la pantalla, pues temían que desviara la atención de los jueces y afectara su calificación final.

Pero a Gisela no le preocupaban esas cosas: ni los jueces, ni las calificaciones, ni el puesto. Lo único que quería era que el nombre de Paloma volviera a brillar.

Su video se mostraría después de su interpretación.

Tomó aire unos segundos, levantó las manos, y dejó que la primera nota del piano llenara el auditorio.

Al alzar la vista, vio a Romina y Nelson sentados justo en el centro del público.

La mirada de Gisela se detuvo por un instante, y después esbozó una sonrisa.

Con que estuvieran ahí bastaba.

En esta final, Gisela se soltó por completo. No se guardó nada, puso toda su pasión en cada nota. Conforme la pieza se volvía más intensa, sentía la sangre hervir, como si una corriente eléctrica le recorriera el cuerpo desde la base de la columna hasta la cabeza. Todo su ser se encendía, y hasta sus dedos temblaban de la emoción.

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