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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 288

El griterío se hacía cada vez más intenso, retumbando en los oídos de Gisela como si viniera de otro mundo. Las voces, lejanas, se desvanecían hasta convertirse en un eco borroso, tan difuso que parecía existir una barrera invisible entre ella y el resto.

Desde el suelo, Gisela observaba cómo Romina aferraba a Nelson con ambos brazos, hundiendo el rostro en su pecho como buscando refugio. Nelson la sujetaba con fuerza, rodeando sus hombros y cintura, y rodando con ella justo a tiempo para sacarla del alcance de la estructura metálica que caía.

En ese instante en que el tiempo pareció detenerse, Gisela percibió con claridad el sonido de su propia respiración y el retumbar acelerado de su corazón. Todo se volvía confuso, y ni siquiera podía identificar la punzada de dolor que le recorría el pecho.

Sin mirar hacia arriba, supo que la estructura estaba a punto de caerle encima. De repente, una alarma interna la sacudió: apretó los dientes y se lanzó en dirección opuesta a donde estaban Nelson y Romina.

En ese momento, como un destello, recordó la sonrisa forzada de Romina, sus pasos hacia atrás, el peligro constante de caer del escenario y las veces que apartó de un manotazo la mano de Gisela.

Romina… lo había hecho a propósito.

Cuando la estructura impactó contra el suelo, un estruendo llenó el salón.

—¡Pum!—

Los gritos de la audiencia, cargados de susto, se amontonaron unos sobre otros, envolviéndolo todo.

Gisela se quedó pálida, sintiendo cómo un dolor agudo y punzante se apoderaba de su tobillo, paralizándola al punto de dejarla tirada en el suelo. Apretó los dientes con fuerza, grandes gotas de sudor empapaban su frente. El dolor era tan intenso que le costaba respirar, pero aun así se obligó a incorporarse un poco para mirar su tobillo.

Tal como temía, no logró esquivar a tiempo: la estructura metálica le había caído justo encima del tobillo. Estaba convencida de que se había fracturado. No se atrevía a mover ni un músculo, y lo único que podía hacer era aferrarse a la tela de su pantalón, intentando calmarse con respiraciones profundas.

Pero por más que intentara ignorarlo, el peso de la estructura seguía oprimiéndola y el dolor no daba tregua.

Al mirar hacia el otro lado, pudo ver con claridad cómo Nelson ayudaba a Romina a levantarse con sumo cuidado, sujetándola de los hombros. Su mirada, normalmente severa, ahora se suavizaba con una mezcla de ternura y preocupación mientras le preguntaba en voz baja si estaba bien.

Romina, aparte de tener el cabello y la ropa un poco desordenados, no tenía ni un rasguño.

Nelson la había protegido con todo su cuerpo. Romina, en brazos de Nelson, ni siquiera tenía una herida superficial.

Con una sonrisa dulce, Romina se abalanzó sobre Nelson, abrazándolo con fuerza, como si acabara de salvarse de una tragedia.

Nelson, con voz baja y reconfortante, le decía algo al oído, palabras de consuelo que no hacía falta escuchar para entender.

Gisela cerró los ojos, mordiéndose los labios mientras soportaba el dolor punzante que le subía desde el tobillo.

El jurado y buena parte del público corrieron hacia el escenario. La mayoría se agolpaba alrededor de Nelson y Romina, preguntándoles si estaban bien. Solo Sara, con determinación, organizó a unos cuantos para quitarle la estructura a Gisela.

Tan pronto la liberaron, Sara se acercó corriendo, se agachó a su lado y le sujetó los hombros, con el rostro crispado de preocupación.

—Gisela, ¿estás bien? ¿Dónde te duele?

Aunque ya la habían liberado, el dolor seguía ahí, perforando cada fibra de su pierna. Jadeando, Gisela respondió:

—Creo que mi tobillo está roto. No lo puedo mover.

Miró su tobillo, que ya lucía amoratado y torcido en un ángulo imposible. El dolor era tan intenso que sentía que le taladraba el hueso.

Sara frunció el entrecejo y sacó su celular.

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