—¡Habla! —exigió el señor Facundo, acercándose y clavando la mirada en sus ojos—. Dímelo de una vez, ¿qué fue lo que en verdad pasó?
La mujer, completamente asustada, se puso pálida.
—F-fue Efraín… Fue un accidente, de verdad. Efraín tropezó sin querer con la hermana del señor Nelson, y por eso se cayó la tetera con agua caliente.
Mientras hablaba, se aferró con nerviosismo al brazo del señor Facundo.
—Tío, Efraín se quedó sin papá desde muy chiquito. Tú lo has visto crecer, tú le comprabas hasta la leche cuando era bebé. Tú lo sabes, Efraín jamás haría algo así a propósito. Solo es un niño… no entiende nada. ¿Por favor puedes dejar de culparlo?
Su voz se fue apagando más y más, porque alcanzó a ver que el rostro de Facundo se había tornado sombrío, casi aterrador. Nunca la había mirado de esa manera. El corazón se le encogió de miedo, y su semblante se volvió aún más pálido.
—Tío… Pero entonces, ¿quién es ese hombre? ¿Por qué le tienes tanto miedo?
—¡Paf!—
Facundo le soltó una bofetada. No se midió, fue un golpe seco y fuerte.
La mujer se cubrió la mejilla, llena de dolor y con lágrimas en los ojos.
—¿Por qué me pegaste otra vez, tío?
Facundo levantó la mano, temblando de rabia, y la señaló con el dedo, apretando los dientes. El color se le subió al rostro.
—¡Eres una inútil! ¡De veras vas a acabar con mi vida!
Las lágrimas de la mujer ya le rodaban por la cara. El pequeño, viendo que su mamá había sido golpeada, se escondió aún más detrás de ella, negándose a salir.
Facundo de inmediato notó al niño agazapado tras la mujer. Sin pensarlo, lo jaló de un tirón y lo sujetó por el cuello de la camisa.
—¡¿Por qué empujaste a la hermana del señor Nelson?!
—¡Habla! ¡Dime por qué lo hiciste!

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