Xavier corrió hacia ella, tomó su muñeca y la giró para que lo mirara de frente.
—Gisela.
Gisela parpadeó, sorprendida.
—Xavier, ¿qué haces aquí?
Mientras hablaba, se le escapaba una sonrisa que trataba de ocultar.
—No pasa nada, no tienes que venir conmigo, quédate aquí y acompaña a...
Xavier tenía el nerviosismo pintado en la mirada, no despegaba los ojos de los de Gisela.
—Gisela, te estás confundiendo.
Gisela tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Cómo?
A Xavier se le trababa la garganta mientras intentaba explicarse.
—Lo de Ofelia, esa chica de la que hablaste... No es lo que crees. No somos novios. No pienses mal.
Al terminar de hablar, Xavier seguía vigilando cada gesto, cada mínima reacción en el rostro y los ojos de Gisela, como si esperara descubrir alivio, alegría o algún indicio de emoción.
Pero no encontró nada. Ni una pizca de alegría ni de tranquilidad, ni siquiera un respiro.
Una sensación extraña se le instaló en el pecho, como si tuviera una piedra encima.
—Gisela, ¿no vas a decir nada?
Gisela preguntó, casi como si estuviera hablando de cualquier cosa.
—¿No están saliendo entonces?
En el fondo, Xavier sintió un pequeño destello de esperanza.
—No, solo somos amigos. No vayas a pensar otra cosa, yo no estoy interesado en ella.
Gisela lo miró, pestañeando con inocencia y soltó una risa burlona.
—Ay, Xavier, eso no se vale. Si no te gusta, ¿por qué la abrazaste? Se abrazaron un buen rato, ¿y todavía tienes el descaro de no darle ni un título a la pobre chica?
De pronto, Xavier apretó más fuerte la muñeca de Gisela, como si no pudiera creer lo que escuchaba.
—¿Qué estás diciendo?
Su voz se endureció, y al ver la indiferencia en el rostro de Gisela, el nudo en su garganta se hizo más grande.


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