Hernán ya pasaba de los cincuenta. Era bajo y robusto, con brazos y piernas cortos y gruesos, el vientre tan abultado que parecía a punto de dar a luz. Su cara tenía forma cuadrada y redonda al mismo tiempo, los ojos tan pequeños que apenas se notaban, y sus rasgos resultaban tan desagradables como los de un tipo traicionero y mezquino.
En ese momento, estaba completamente desnudo, cubierto apenas por una sábana delgada sobre la panza.
Acababa de colgar el teléfono y ahora se recargaba en el cabecero de la cama, fumando un cigarro. Alternaba cada calada con un trago de licor, disfrutando de su ocio como si nada le preocupara.
En cuanto escuchó las palabras de Jimena, Hernán soltó una risa cargada de desprecio. De pronto, estrelló el vaso contra la mesa con fuerza. El alcohol se derramó y salpicó desde la sábana hasta el dorso de su mano.
Sin darle importancia, se limpió la mano en la misma sábana, el cigarro colgando de la comisura de los labios, y la miró de reojo con desdén.
—¿Señorita Gisela? ¿Ella, Gisela? Es solo una mocosa —dijo Hernán, aplastando la colilla en el cenicero antes de ponerse de pie junto a la cama. Se desperezó, estirando los brazos como si nada.
—Cuando yo ya andaba haciendo negocios, ella ni siquiera sabía limpiarse la cara. ¿Crees que tiene con qué quitarme a la gente que está de mi lado? Si le tengo consideración es solo por cortesía, no por miedo a Gisela. Así que deja de esperar que esa chamaca vaya a salvarte, ¿me oyes?
Mientras hablaba, Hernán rodeó la cama y empezó a caminar hacia Jimena, paso a paso, como un depredador acechando a su presa.
El rostro de Jimena palideció de inmediato. Abrazó sus rodillas y se fue arrinconando, la voz temblando de miedo y rabia.
—¡No te acerques! ¡Te lo advierto, no te acerques!
Los ojos diminutos de Hernán recorrían la piel expuesta de Jimena con una mirada lasciva.
—Vamos, nos interrumpieron justo cuando se estaba poniendo bueno. Ahora podemos continuar.
Jimena ya no pudo más. Empezó a llorar y a gritar, desgarrada por la impotencia.
—¿Por qué? ¿Por qué justo yo? ¡No quiero, entiéndelo, no quiero!
Hernán escupió al suelo y le respondió con veneno en la voz:
—¿Por qué crees? Todo esto es porque hace unos meses Gisela se atrevió a rechazarme y encima me quitó un proyecto importante. Eso no se lo perdono jamás. Si no puedo tenerla a ella, al menos me desquito con su secretaria.
Jimena se aferró a su ropa, mirándolo con odio.
—Hernán, si te atreves a tocarme, te lo juro que voy a denunciarte. No te la vas a acabar, voy a meter a la cárcel.

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