Gisela apenas salió del bar cuando, de repente, una pequeña figura corrió directo hacia ella, sin siquiera llegarle a la cintura.
La niña, al parecer, andaba tan distraída que ni vio a Gisela. Por su parte, Gisela iba mirando hacia arriba, sin prestar atención a ese torbellino diminuto que se le venía encima.
Fue hasta que la cabeza de la niña chocó de lleno contra su abdomen que Gisela soltó un quejido de dolor. Solo entonces se dio cuenta de la presencia de la pequeña.
La niña también se detuvo, sorprendida, al notar que había chocado con alguien.
Gisela, todavía adolorida, se llevó una mano al vientre y bajó la mirada para ver a la niña.
Era una niña de unos seis o siete años, vestida completamente con ropa de marca. Llevaba el cabello recogido en dos coletas, el rostro redondeado y adorable, la piel muy clara y las facciones bien definidas. Sus ojos grandes y brillantes no ocultaban el enojo que sentía, y en esa carita pequeña se notaba claramente la molestia.
Ni siquiera se disculpó por haber chocado; ignoró por completo a Gisela, hizo un puchero y, con aire desafiante, intentó escabullirse hacia el bar.
Gisela, que todavía no terminaba de recuperarse del golpe, se apresuró a sujetar los hombros de la niña con ambas manos.
—Eh, alto ahí, detente.
De un tirón, Gisela la jaló hacia sí.
—Este es un bar, no es un lugar para que una niña ande sola. ¿Dónde están tus papás?
La niña comenzó a forcejear con fuerza; su pequeño cuerpo se retorcía como si fuera una anguila. Sus ojos nunca se apartaron de la entrada del bar, como si algo muy importante la llamara desde adentro.
Por poco se le escapa de las manos, y Gisela apenas logró sujetar sus brazos, obligándola a quedarse quieta.
—No puedes pasar —le advirtió Gisela con seriedad—. Si sigues así, voy a llamar a tus papás para que vengan.
La niña se detuvo de golpe y la miró fijamente con esos ojos grandes y expresivos.
Gisela se agachó y, sonriendo con paciencia, le acarició la cabeza.
—¿Ya te asustaste? Mira, aquí es un bar. Solo los adultos pueden entrar. Para una niña como tú puede ser peligroso, ¿entiendes?
De pronto, la niña alzó la voz:
—¡Pues entra tú!
Gisela quedó desconcertada.
—¿Cómo dices?
La niña la miró con insistencia.
—Tú entra y tráeme a mi papá.
Gisela por fin comprendió y señaló el bar.
—¿Tu papá está ahí adentro?
La niña, con una vocecita aguda pero todavía infantil, insistió:
—Tú ve y dile a mi papá que salga. No lo encuentro.
Gisela miró alrededor, buscando señales de algún adulto que pudiera ser el padre de la niña. Varias personas pasaban cerca, y algunos observaban la escena, pero nadie se acercó.

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