Nadie se había imaginado que, al escuchar la decisión de la escuela, Gisela soltara un suspiro de alivio.
Incluso si la escuela no hubiese tomado esa medida, ella misma habría pedido su cambio de salón.
Entre quedarse en un grupo lleno de mala vibra y problemas, y mudarse a un grupo menos prestigiado, prefería lo segundo. Al menos allí no tendría que lidiar con gente conflictiva ni chismes.
Así que la decisión de la escuela era justo lo que más le convenía.
Por dentro, Gisela estaba encantada.
La maestra la miró con una expresión dura.
—Gisela, ¿tienes algún comentario?
Gisela ya había comenzado a guardar sus cosas en silencio. Escuchó a la maestra, pero ni siquiera alzó la mirada, solo apuró el paso para terminar de empacar.
—Ningún comentario. Me puedo mudar ahora mismo.
La maestra frunció el ceño, creyendo que Gisela se negaba a mirarla por inconformidad, como si estuviera haciendo un berrinche.
—Gisela, deberías estar agradecida. Esta decisión te favorece, es una forma de ser flexibles contigo —insistió la maestra, lanzándole una advertencia encubierta—. No intentes desafiar a la escuela. Haz lo que se te pide y vete tranquila.
—Entendido —respondió Gisela, sin darle demasiada importancia.
Pero esa indiferencia, a oídos de la maestra, sonó como una rebeldía terca.
La maestra arrugó más la frente.
—Gisela, compórtate.
Gisela ni siquiera comprendía por qué la maestra seguía insistiendo. Ya tenía todo guardado y aun así seguían con el sermón.
Sin darle más vueltas, se puso de pie, tomó su mochila y abrazó los libros que no le cabían.
Delante de todos, fue incluso más rápida y decidida que la maestra o sus compañeros en salir del salón.
—¿Eh? —exclamó la maestra, desconcertada.
—¿Qué onda? —susurraron los compañeros, perplejos.
Eso no era lo que esperaban.
¿No debería Gisela estar llorando, suplicando que la dejaran quedarse?
¿Por qué se iba así, tan decidida?
Un extraño sentimiento se apoderó de todos. Era como si esa chica, que siempre había estado por debajo de ellos, que parecía necesitar su aprobación para poder sobrevivir, de pronto los dejara atrás sin mirar atrás ni un segundo, caminando con paso firme y sin la más mínima nostalgia.
Como si, en realidad, Gisela nunca les hubiera prestado atención.
No sabían cómo reaccionar ante el hecho de que no les rogara.
Por eso, mientras veían su figura alejarse, no apartaban los ojos de ella, esperando que en cualquier momento se diera la vuelta y les pidiera quedarse.
Pero Gisela nunca volteó.
Se fue con paso decidido, sin detenerse ni un segundo.
Parecía que, más que ellos querer que Gisela se fuera, era ella quien estaba más ansiosa por irse.
—Qué payasa —mascullaron algunos, sin saber cómo reaccionar.
...
En solo una mañana, el rumor de que Gisela había sido transferida al Grupo 7 se esparció por toda la escuela. Pronto, todos estaban disfrutando el chisme.
Se llamaba Delia Jiménez. Era astuta, dura, con una mente privilegiada y un talento impresionante para la tecnología. En el futuro, ella fundaría una empresa que sería el mayor rival del Consorcio del Pacífico de Nelson.
Incluso Nelson, con toda su arrogancia, había tenido que reconocer la capacidad de Delia, una chica que salió de la pobreza luchando a pulso.
Al final, Nelson solo pudo convencer a Delia de vender su empresa y dejar que el Consorcio del Pacífico la absorbiera.
Pero, de no haber sido así, quién sabe quién habría ganado la batalla empresarial.
Y ese grupo de chicos y chicas del Grupo 7, en el futuro, serían los talentos que Delia reuniría para crear su empresa.
Por eso Gisela había querido entrar al Grupo 7.
Observando a Delia, el corazón le latía con fuerza.
Si lograba acercarse a Delia, tendría una aliada poderosa contra Nelson.
Soñaba con hacerse amiga de Delia, aunque sabía que aún no era el momento.
Delia todavía la veía como una extraña, incluso como una enemiga. No podía apresurarse ni cometer errores.
Según lo que recordaba, Delia despreciaba a quienes se doblegaban o eran sumisos; prefería a la gente que era capaz de oponerse y luchar.
Así que, si quería ganarse su respeto, no podía bajar la mirada ni mostrarse débil.
Con determinación, Gisela fue al escritorio de la maestra, dejó sus libros y, sin dudar, tomó otra tiza casi gastada y la lanzó de nuevo hacia Delia.
Delia, entrenada en defensa personal, reaccionó de inmediato.
Como esperaba, no logró acertarle.
Pero no importaba. Sabía que, en ese preciso instante, Delia ya se había interesado en ella.

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