Entrar Via

Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 89

A los veinticuatro años, se suponía que debía estar en la plenitud de la vida, pero su cara ya había perdido cualquier rastro de juventud. Las arrugas se marcaban en su piel, dándole el aspecto de alguien mucho mayor. Parecía imposible que esa fuera la cara de una joven de veinticuatro.

La vida había sido dura en todos los sentidos, y el único consuelo que le quedaba era la niña que dormía en sus brazos, su propia hija.

Fabi dormía profundamente abrazada a ella, con una expresión dulce y adormilada, tan tierna como un ángel. Su carita tenía una belleza delicada y tranquila.

Al ver esa escena, los ojos de Gisela se abrieron de par en par y empezó a gritar, desesperada:

—¡Bájense! ¡Por favor, bájense ya!

Pero ni Gisela ni Fabi reaccionaron. Ninguna de las dos se movió un solo centímetro.

Gisela gritó con todas sus fuerzas, como si su vida dependiera de ello, como si cada grito le arrancara el alma del cuerpo.

—¡Bájense, por favor! ¡Bájense ya!

De pronto, un camión apareció a toda velocidad.

—¡Bum!—

El taxi donde iban Gisela y Fabi fue embestido con tal violencia que terminó destrozado. Los pedazos de vidrio volaron por todas partes, y la gasolina comenzó a esparcirse por el suelo.

Un grito desgarrador, tan familiar que partía el corazón, retumbó en el aire:

—¡Fabi!

Todo había sucedido de forma tan absurda, tan cruel, que parecía que el destino había decidido que fuera Fabi quien cargara con la desgracia que le tocaba a Gisela.

Después del choque, Gisela solo tenía algunos raspones superficiales, pero Fabi estaba gravemente herida y necesitaba atención médica inmediata.

Cuando Gisela vio cómo la versión de ella misma abrazaba a Fabi y lograba salir arrastrándose del carro, sintió que el mundo se le venía abajo.

De pronto, recordó vagamente que en la escena había una ambulancia que justo pasaba por ahí.

Miró a su alrededor y, efectivamente, divisó una ambulancia estacionada a un lado de la carretera.

Gisela corrió flotando hacia ella. En cuanto los paramédicos abrieron la puerta, les gritó con desesperación:

—¡Allá hay una niña herida! ¡Por favor, ayúdenla! ¡Vayan primero a salvarla!

Pero ni el doctor ni la enfermera podían oírla. Siguieron con su ruta, empujando la camilla hacia un lujoso carro que solo tenía unos rayones en la pintura.

En ese momento, Nelson apareció con el semblante endurecido, cargando a su hijo, que solo tenía un raspón en la rodilla.

Gisela sintió que se desplomaba.

—No, por favor, se los ruego, primero ayuden a mi hija, se está muriendo, ¡se está muriendo!

—¡Fabi! ¡Fabi, despierta!

Gisela sentía el alma hecha pedazos. Avanzó flotando hasta quedar frente a Nelson.

—¡Nelson, Fabi se está muriendo! ¡Fabi se va a morir!

Pero Nelson no la escuchó. Solo apretó aún más fuerte al niño que llevaba en brazos, como si en ese momento nada más existiera en el mundo. Rápido lo acomodó en la camilla, y los paramédicos lo metieron a la ambulancia.

—¡Fabi!—

Gisela cayó de rodillas, completamente destruida.

Miró a Nelson.

Nelson tenía a Romina en brazos, que sollozaba sin parar, y su mirada se centraba únicamente en el niño que, por un simple raspón en la rodilla, no dejaba de llorar.

Todo el amor, toda la preocupación de Nelson, estaban puestos en Romina y su hijo. No le quedaba ni una pizca de atención para Fabi, que a unos metros apenas si seguía respirando.

Ese era Nelson. Así había sido siempre.

La había dejado tirada como si no valiera nada.

Para Nelson, ni ella ni Fabi importaban tanto como el raspón en la rodilla del hijo de Romina.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza