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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 98

Declaración

Soberanía

Nelson apenas bajó los párpados, mirando a ese grupo de estudiantes con una calma imperturbable.

En cuanto sintieron su mirada, los estudiantes bajaron la cabeza como si se les hubiera ido toda la energía.

Delia, al ver esto, no pudo evitar que se le contrajera la comisura de la boca.

Los fulminó con la mirada.

—¡Qué poca dignidad tienen!

Gisela tomó aire, recuperando la compostura, y se quedó mirando a Nelson con una serenidad forzada.

—¿Qué quieres?

Aunque su voz sonaba firme, la ronquera era imposible de ocultar.

Torció los labios con sarcasmo.

—No me digas que viniste para que me termine el trago que sobró anoche.

Justo entonces, desde el pasillo se escucharon los pasos de unos tacones y la voz de Romina.

—¿Por qué están todos aquí parados? ¿Por qué no pasan?

Romina llevaba un vestido largo blanco, resaltando su figura esbelta y armoniosa. Parecía pura y radiante.

Los chicos y chicas apenas podían apartar la vista de ella; en sus ojos se leía asombro.

Romina llegó hasta donde estaban, tomó del brazo a Nelson y sonrió con dulzura.

—Ustedes son los amigos de Gisela, ¿verdad? Nelson y yo venimos a visitarla. No se pongan nerviosos.

Los chicos asintieron todavía atontados, hasta que una de las chicas le dio una palmada en la espalda a uno de ellos para que reaccionara y se pusiera serio.

Romina solo sonrió, sin darle mayor importancia al asunto. Tomó el termo que Nelson traía en las manos y lo colocó sobre la mesa de noche junto a la cama.

—Gisela, le pedí a Carolina que preparara una sopa de pollo. Me dijeron que te encanta como cocina, así que la traje para ti. Pruébala, a ver si te gusta.

Carolina.

Gisela alzó ligeramente las cejas, el sarcasmo asomando en su mirada mientras apartaba la vista hacia la ventana.

Carolina era una de las empleadas en la mansión Tovar. Romina se refería a ese lugar simplemente como “la casa”.

Gisela habló con voz tranquila:

—Señorita Romina, debería cuidar mejor a la gente de su casa. No permita que sus perros anden por ahí mordiendo a cualquiera.

Los ojos de Romina se llenaron de lágrimas de golpe. Su voz temblaba y era apenas un susurro.

—Fue culpa de la gente de mi casa, lo reconozco. Te pido perdón, de verdad espero que no te enojes.

Gisela ni siquiera alcanzó a responder antes de que Romina se llevara la mano a la boca y comenzara a arcadas secas.

Nelson frunció el entrecejo, y por un instante sus ojos reflejaron preocupación. Se acercó rápido, colocando la mano sobre el hombro de Romina.

—¿Te sientes mal?

Romina asintió con lágrimas en los ojos, aún cubriéndose la boca.

—Sí...

Se inclinó hacia el oído de Nelson, las orejas le ardían de la vergüenza y le susurró en voz baja:

—Es normal durante los primeros tres meses, no te preocupes.

Romina no habló ni muy bajo ni muy alto; con la entonación justa para que Gisela pudiera oír cada palabra.

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