El mensaje llegó al teléfono secreto de Thaís a media mañana.
Era de Ana.
“Cancelada reunión con Pelle D’oro. Liam acaba de destrozar su teléfono contra la pared. No se acerque a la planta de dirección en todo el día”.
Thaís leyó el mensaje y una sonrisa glacial se dibujó en sus labios.
Imaginó la escena con una claridad deliciosa.
Liam, en su despacho de caoba y cristal, recibiendo la llamada de su contacto en Italia. La noticia de que Roberto Márquez se había adelantado, presentando una oferta superior y, lo que era más importante, un informe detallado sobre los riesgos medioambientales y legales de sus prácticas.
Pelle D’oro, la curtiduría artesanal, asustada por la posibilidad de que sus secretos salieran a la luz, había roto las negociaciones con Liam y firmado un acuerdo de exclusividad con Márquez Holdings.
El golpe era doble. Liam no solo había perdido un proveedor estratégico; su mayor rival se lo había arrebatado, haciéndole parecer un aficionado.
Más tarde, ese mismo día, recibió otro informe, esta vez de su aliado en el departamento de informática. Le adjuntó la grabación de audio de una videoconferencia de emergencia que Liam había mantenido con su equipo directivo.
Thaís se encerró en su cubículo, se puso unos auriculares y escuchó.
La voz de Liam era un gruñido bajo y peligroso.
—Quiero una explicación. Y la quiero ahora. ¿Cómo es posible que Márquez sepa cada uno de nuestros movimientos?
Hubo un silencio tenso, roto por la voz nerviosa de Ricardo Salas, el nuevo director financiero.
—No lo sabemos, señor. Quizás tienen un informante…
Thaís se quitó los auriculares.
El caos que había sembrado estaba dando sus frutos. Liam ya no sospechaba solo de ella; sospechaba de todos.
Estaba convirtiendo su propia empresa en una caza de brujas, su liderazgo basado en el miedo y la desconfianza.
Y un imperio gobernado por el miedo es un imperio destinado a caer.
Liam buscaba un traidor dentro de sus muros.
Nunca se le ocurriría pensar que el arma que lo estaba destruyendo no estaba en su empresa, sino en un cubículo sin ventanas, en las manos de la mujer a la que él creía haber aniquilado.

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