Mientras regresaba cargando varias bolsas, pasó por un hospital privado gigantesco.
En el tablón de anuncios de la entrada principal, había un letrero de reclutamiento muy llamativo.
Se solicita asistente para el departamento de medicina natural, terapeuta...
Leire se detuvo en seco.
Aunque había aprendido todo sobre remedios y curaciones con su abuelo, como no tenía título universitario ni licencia, solo había podido sobrevivir haciendo trabajos informales y batallando desde abajo.
Pero, en el fondo, siempre había soñado con trabajar en un hospital como doctora.
Incluso si solo era como asistente temporal.
Leire sacó su celular y tomó un par de fotos del anuncio de trabajo con mucho cuidado.
Si había alguna oportunidad, quería intentarlo.
...
Cuando Leire regresó al departamento y preparó el almuerzo, ya eran las once y media.
Raimundo se despertó al percibir un aroma espectacular a comida.
Abrió los ojos de golpe y su visión estuvo algo borrosa por un momento.
Antes, al despertar, siempre lo recibía un dolor de cabeza interminable y un vacío tremendo.
Pero hoy, su mente estaba más despejada que nunca.
Raimundo miró el reloj en su muñeca.
Las once y media.
Había dormido casi cinco horas de corrido.
Eso, en el pasado, era algo completamente imposible.
Se sentó y la manta se resbaló de su cuerpo.
En la cocina, Leire estaba ocupada frente a la estufa.
La luz del sol se derramaba sobre ella, dándole un aura increíblemente suave.
Raimundo miró la manta en sus manos, luego observó esa figura pequeña desde atrás, y su mirada se volvió inescrutable.
*Esta mujer... parece que sí sabe lo que hace.*
Si sus técnicas realmente podían curar su insomnio...
Entonces, que se quedara no era una mala idea.
—Señor Quiroga, ¿ya despertó? —preguntó Leire, asomándose con un plato bien presentado, con una sonrisa que le iluminaba el rostro.
—Vaya a lavarse, ya casi está lista la comida.
Raimundo no dijo nada, se levantó y con pasos largos se metió a la habitación.

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